Pablo Iglesias y la ley del bronce


Supongo que nadie discute el éxito electoral de Podemos y las que Pablo Iglesias llama «las fuerzas del cambio»: las Mareas, Compromís, En Comú y otras organizaciones asociadas a su marca. Por no discutir ese éxito, los mercados han confundido a esa formación con Syriza y se han puesto a bajar la Bolsa y a subir la prima de riesgo, asociando su estelar aparición en el próximo Parlamento al clima de inestabilidad provocado por las dudas sobre el próximo Gobierno y su presidente. Pablo Iglesias y sus seguidores, que son más de cinco millones, pueden sentir el legítimo orgullo de haberse instalado como medalla de bronce en el podio de la política nacional.

Y ya que utilizo esa clasificación deportiva, creo que se cumple la ley del bronce que describió Manuel Conthe: lo peor es tener la medalla de plata (PSOE), porque quien la gana mira al número uno con envidia y lamenta que le haya arrebatado el puesto de honor. En cambio, el del bronce mira hacia abajo, contempla con superioridad a todos los que ha dejado atrás y se siente el gran triunfador. Ayer, escuchando a Pablo Iglesias en su rueda de prensa, me pareció la representación política y humana de esa ley no escrita. Es más: se siente el ganador real de las elecciones, ya que solo le «faltó una semana y un debate» para ser el nuevo inquilino de la Moncloa.

La aplicación de la ley del bronce situó a Iglesias como sobrado. Ayer no habló como líder de un partido. Ni siquiera como presidente de un Gobierno. Habló casi como un jefe de Estado, que pide calma y altura de miras, lo cual le honra; pero anuncia un paso cuya iniciativa en principio está reservada al rey o al partido más votado en circunstancias como las actuales: se dispone a iniciar una ronda de consultas con los partidos, se supone que para encauzar la situación crítica del país. Y algo más: con sus 69 escaños, que son muchos, pero no dejan de situarle en el tercer puesto, eleva a dogma su criterio sobre España, hasta el punto de asegurar que no entenderla como plurinacional en entregar el poder a Rajoy. Y propuso una serie de medidas sin las cuales la democracia en España no tiene calidad: reforma electoral, moción de confianza de la ciudadanía para echar al gobernante que no cumpla sus compromisos, blindaje constitucional de derechos sociales, independencia de la Justicia y derecho a decidir de Cataluña, que considera imprescindible.

Todas esas son propuestas razonables. Yo mismo coincido con la mayoría. Pero un poquito de modestia sería una buena compañía para empezar a entendernos. Da un poco de repelús esa forma de hablar de lo «inevitable» o lo «inexcusable». Yo no se lo recomendaría a nadie como forma de empezar a negociar con los demás.

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