El Dios secuestrado

Ghaleb Jaber Ibrahim FIRMA INVITADA

OPINIÓN

20 dic 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Si atendemos a su significado literal, secuestrar remite, inexorablemente, a la privación de libertad, de manera violenta y contra propia voluntad, exigiendo rescate a cambio. Como inexorable es, también, si nos ceñimos a la convulsa situación política internacional actual, pensar que esos intereses tienen una traducción económica sustancial. Pero no siempre los secuestros tienen que ver con lo físico, sino que el secuestro espiritual, el de las creencias más íntimas y puras puede ser el catalizador de males mucho mayores, que se materializan en forma de genocidio, guerras devastadoras y tiranías de miedo y sufrimiento. Cuando es Dios la moneda de cambio, cuando es la aniquilación de la fe el arma para acabar con un pueblo y su identidad, con la extrema maldad humana hemos topado. La tribu AI Saud, sin ir más lejos, es el ejemplo más claro de que algo tan intangible, pero igualmente valioso como es la palabra de Dios, puede ser encarcelada. Y como no hay secuestro sin extorsión, llega entonces la usurpación de poderes y de la legitimidad divina, abusando del corazón de los fieles en su nombre. Opresión, tortura, muerte, expolio... son calamidades que no tardan en campar a sus anchas cuando es el hombre el que toma el nombre de Dios en vano, haciéndose pasar por Él, justificando y santificando sus vilezas y miserias de seres corruptos, avariciosos y asesinos. Son sus almas, infectas en podredumbre y maldad, las que hacen de las tribus de Al Saud, Al Thani de Qatar, así como otros lugares del Golfo, un fortín en el que la violencia global y masiva de Daesh o Al Qaida está y se siente legitimada y financiada como si se tratara de una inversión más. Solo cuando la supremacía se basa en la barbarie, en la muerte del contrario y en la lucha abusiva y desigual, es la palabra su peor enemigo. Porque cuando la razón moral, política e histórica no está de su lado, del lado de los que se apropian del nombre de Alá, es la palabra libertad y sus hermosas letras de cordialidad y ansias de un mundo mejor lo único que les hace temblar. Por la libertad, pues, del poeta Ashraff  Fayadh, condenado a muerte por el delito de nacer palestino y tener la osadía de ejercer y sentirse como tal, hijo de una tierra madre que le dio identidad y valor, ser ejemplo y estela para las generaciones venideras. Haciendo honor a su legado, que no cesa en la búsqueda de Dios en estos tiempos difíciles y convulsos, me atrevo a gritar a los cuatro vientos, porque así lo siento y es mi derecho, mi obligación y me lo piden mis entrañas, que este Dios, nuestro Dios, está secuestrado en las tierras gobernadas por los colonos o en las fortificaciones y los rascacielos del desierto de Arabia y Qatar, en los palacios de los dictadores árabes, esos que se apropian de la figura del Maestro Supremo y nos atemorizan con la idea de que, además de negarnos el pan, el agua, la educación y la sanidad, nos dejarán también sin el amparo de Sumo Hacedor. Matad en vuestro nombre, hordas de alimañas sin escrúpulos, pero no en nombre de Dios, cuya bondad infinita os queda tan grande, que os retrata como lo que sois: asesinos a sueldo.