Las elecciones del último minuto

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Aceptemos la expresión manida y digamos con solemnidad que estamos en la recta final. Contado este martes, quedan cuatro míseros días de campaña electoral. Por lo que dijeron las encuestas y lo que se palpa en la calle, acomodemos a este tiempo la vieja sentencia del sabio gallego: a partir del próximo domingo, todo va a ser distinto, pero no sabemos cómo. Intuimos quién va a ganar, pero no sabemos por cuánto, y sospechamos quiénes estarán en el Congreso, pero ignoramos en qué orden y con qué porcentaje. Así las elecciones son más emocionantes. Y las intrigas de futuro, mucho más: tampoco tenemos ni idea de qué combinación de gobierno puede salir si se confirma la división de voto que anunciaron Sondaxe y las demás encuestas.

Como a los cronistas de la cosa política se nos exige que seamos más profetas que analistas por culpa de la incertidumbre que nos rodea, el firmante de esta nota quiere decir dos cosas. Una, que nadie se fíe como indicio de la proclamación de ganador del debate de anoche y explico por qué: hace cuatro años se hizo el mismo cara a cara, también con Campo Vidal como moderador, pero con Pérez Rubalcaba frente a Rajoy. La opinión mayoritaria de comentaristas, tertulianos y personas anónimas consultadas fue que había ganado Rajoy. ¿Y saben ustedes qué efecto tuvo el debate en la votación, según los estudios posteriores del gurú del PP Pedro Arriola? Que la supuesta derrota le proporcionó a Rubalcaba 150.000 votos que, por cierto, no le impidieron mejorar los que todo el mundo llamó «peores resultados de la historia». Al vencedor, Rajoy, la victoria no le dio ningún voto; cero votos, se dice en la información interna.

Otra, sobre un par de datos históricos de otras tantas elecciones generales y sus correspondientes encuestas. Año 1998: todas las empresas demoscópicas hicieron sondeos sobre la intención de para las urnas del 2.000. ¡Y acertaron! Con dos años de antelación clavaron los resultados. Los de 2004 fueron imposibles de prever, porque nadie podía contar con la torpeza del Gobierno ante la tragedia del 11-M. Y año 2010: con doce meses antelación, todas las encuestas coincidían en que el PP iba ganando al PSOE por más de 10 puntos, y también acertaron. 

¿Qué quiero decir con estos ejemplos? Que las campañas electorales, debates incluidos, no cambian voluntades. El ciudadano llega a ese momento mágico con el voto decidido. La diferencia de la convocatoria actual es que tenemos a Ciudadanos y Podemos, con cuya presencia no se contaba hace un año. Con lo cual, esta vez, excepcionalmente, todo puede ocurrir. Y ese «todo» es que mucha gente decidirá en el último minuto: en el minuto mismo de escoger su papeleta y votar.