Supongo que no hace falta repetirlo: una encuesta, aunque sea del CIS, no es más que una encuesta. Lo que ocurre con la publicada hoy en este diario es que se esperaba con ansiedad. Hay tanta incertidumbre ante los resultados del 20D, que cualquier indicio con alguna credibilidad (y el CIS y Sondaxe la tienen) se toma como una profecía. Ante ello, este cronista dice: a pesar de todos los titulares que ustedes lean hoy en la prensa, solo tenemos una vaga aproximación a cómo votaremos. Todo puede ocurrir todavía.
Y todo puede ocurrir, porque el CIS dice que un 41 por ciento de quienes tienen intención de votar no saben a quién. Es un porcentaje altísimo, que supera con mucho la intención de voto del PP (28,6 por ciento) e iguala el voto previsto de PSOE y Ciudadanos juntos. Según de qué lado caigan esos indecisos, todavía le pueden dar la mayoría absoluta a Rajoy, la presidencia a Rivera o salvar de la tragedia a Pedro Sánchez. Frivolizando un poco, nos quedamos sin saber cuántos votos habrá ganado desde casa de Bertín, cuántos ganará desde el plató de María Teresa Campos -¡quién le ha visto y quién le ve, señor Rajoy!- o cuál será la incidencia de los debates que faltan.
Mientras, se pueden hacer tres consideraciones muy provisionales. La primera, que se confirma el castigo a la vieja política bipartidista. El PP, aunque gane, puede perder más de 50 diputados. El PSOE va «de derrota en derrota hasta el desastre final» y puede perder más de veinte escaños. Juntos están en riesgo de perder cerca de un centenar de asientos en el Congreso. Dentro de un mes recordaremos con melancolía aquellas votaciones que la prensa botafumeiro celebraba como «el 83 por ciento de la soberanía nacional». El escenario para el cambio, como diría Rajoy, es «descomunal».
La segunda es la competencia entre emergentes, que Ciudadanos gana con claridad por su tendencia al crecimiento constante y por su líder, Albert Rivera, coronado como el candidato más valorado. Si no comete errores de aquí al día 20, (porque está siendo muy examinado por la opinión pública y va a ser el destinatario de los ataques de todos), no descartemos que continúe su escalada. A la gente le gusta su discurso, su templanza y su forma de no escabullirse ante cualquier problema del país que se le plantea.
Y la tercera es de una extrañeza momentánea: sorprende la escasa relevancia de la izquierda después de todos los datos de pobreza extrema, desahucios, gentes que viven de la caridad, solo perciben la renta de supervivencia o están en el paro sin subsidio. Si después de esa realidad la izquierda política no tiene posibilidad de gobernar, este país tiene un problema; un serio problema de representación.