El «show» de los políticos

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

Asisto, pasmado, al espectáculo. He perdido, sin duda, el sentido del humor y debo hacérmelo mirar. Creía que esto de la política era un tema serio. Y lo de la economía, aquello de los garbanzos de Fraga, algo superserio. ¡Pero qué va! Todo es una coña marinera, un show mediático con algún estriptís circunstancial para entretener al respetable. La televisión -la caja boba, que decíamos los rojos de antaño- se ha convertido en el brillante objeto del deseo para todo aspirante a estadista. Para políticos carrozas que disimulan arrugas en la sala de maquillaje y para políticos advenedizos que lucen tableta a falta de seso. Quien no se zambulla en el hormiguero, no viaje con Chéster, no visite su casa o la mía, no soporte las perrerías de Calleja o no comparta con María Teresa Campos este tiempo tan feliz, que se despida. Su gloria será efímera.

Al conjuro de la televisión, se han esfumado los problemas que nos agobiaban. Las listas de paro ya no existen, hasta que se inscriban Paquirrín, Belén Esteban y Kiko Matamoros, desplazados de su empleo por el intrusismo profesional de los políticos. Pablo Iglesias, diestro guitarrista, habla mejor que ellos, entona con soltura el Duerme negrito y emula al difunto Krahe con el tema ¿Dónde se habrá metido esta mujer?. «Soraya se ha desnudado», asegura Jesús Calleja, después de subir a la vicepresidenta y a un independentista catalán a un globo aerostático. Antes que ella se había retratado en cueros Albert Rivera, aunque ocultando sus pelotas con las manos. Aquí la única que no se desnuda es Cristina Pedroche: la única que lo había prometido.

Quien no se desnuda de cuerpo, se desnuda de alma en cuanto le colocas una cámara o un micrófono en las narices. Descubrimos así los sagaces comentarios futbolísticos de Mariano Rajoy, su alma blanca del Real Madrid y su intransigencia -collejas al hijo incluidas- con toda desviación del discurso políticamente conveniente. Pero desconocemos cómo piensa blindar las pensiones futuras. Nos enteramos de que Pedro Sánchez bailaba break y era «un poco bala» antes de sentar cabeza, no sufre de vértigo en la cima de un aerogenerador y repudia los toros. Pero aún no sabemos si piensa derogar o no la reforma laboral que tanto denostaba. Compartimos con Albert Rivera su gusto por los embutidos, el queso con pan tumaca y los huevos rellenos, pero nos gustaría saber de qué va eso del contrato único y cómo se combina con los derechos laborales y el coste del despido.

Está bien que nuestros próceres, actuales o en ciernes, se empeñen en demostrar que son de carne y hueso, y no de cartón piedra. Pero se están pasando cuatro pueblos, porque vamos a ver: si ustedes son idénticos a nosotros, ni más listos ni más tontos, padecen lo mismo y ríen igual, ¿por qué razón nosotros debemos permitirles que nos gobiernen ustedes? Para dormirnos con la nana del negrito, por supuesto que no: las versiones de Atahualpa Yupanki o de Mercedes Sosa nos cautivan más.