El legado de una mala idea


En las reuniones de dirigentes europeos que tuvieron lugar en la primavera del 2010, en las que se fue preparando el cambio de política hacia un durísimo ajuste fiscal, una expresión comenzó a circular cada vez con mayor profusión: «austeridad expansiva». Se trataba de la teoría de ese nombre que unos años atrás había propuesto un economista de la Universidad de Harvard, Alberto Alesina, y que hasta ese momento apenas había traspasado los ámbitos académicos especializados. Pero, de pronto, todo el mundo empezó a hablar de él: «Esta es la hora de Alesina», destacó una de las revistas de negocios más influyentes del mundo. Ministros de Finanzas de algunos de los principales países, el por entonces presidente del BCE, Jean-Claude Trichet? a la tal teoría le salieron por entonces muchos improvisados entusiastas.

Lo que en la teoría se proponía era lo que su denominación sugiere: que el inevitable efecto contractivo de los ajustes fiscales tenderá a ser pequeño y poco duradero, al quedar más que compensado por los efectos virtuosos del propio ajuste sobre la actividad. Lo cual tenía que ver con «el pequeño valor de los multiplicadores fiscales». El problema para los defensores de tal argumento comenzó cuando dos de los principales economistas del FMI, que hasta ese momento se contaba entre sus más firmes defensores, concluyeron que en las circunstancias de la Gran Recesión el valor real de los multiplicadores podía ser más del triple de lo inicialmente calculado. Algo que luego otros muchos estudios confirmaron.

No era difícil entender, entonces, por qué en un buen número de países se había producido una segunda y dura recesión en el espacio de apenas cuatro años. Entre el ajuste fiscal a ultranza y la contracción productiva del 2012-2013 quedó establecida una relación causal que en los últimos años ha sido ratificada por muchas investigaciones. Pero ¿y el efecto sobre los objetivos buscados? ¿Y el retorno al equilibrio en las cuentas públicas? Respecto a este punto crucial, sus resultados fueron mediocres, cuando no negativos: si es verdad que el déficit público descendió, la deuda no dejó de crecer en los países que aplicaron la política de consolidación de un modo más impenitente.

Pero ahora estamos descubriendo que los problemas de esa política pueden ir mucho más lejos. En un influyente trabajo reciente, el exsecretario del Tesoro norteamericano, Laurence Summers, y el economista español Antonio Fatás han explicado que, debido al daño causado en la delicada relación entre variables fiscales y tasa de crecimiento, la consolidación realizada -que califican como «autodestructiva»- puede tener efectos permanentes, manteniendo impactos contractivos que se extiendan ¡más allá del 2019! Si este razonamiento se confirmara -como tiene todo el aspecto de ocurrir-, estaríamos ante uno de esos casos de un pesado legado de ideas pésimas que un día nos vendieron como pura ciencia inobjetable. Un buen timo.

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