Franco, el chivo expiatorio


A mis doce años, tenía tres chivos expiatorios, en los que concentraba mis odios: mi padre, Francisco Franco y el vicerrector del Seminario Menor de Pamplona, un internado en el que me refugié huyendo de un colegio donde un vigilante amenazaba a los alumnos que habían llegado tarde con, literalmente, clavarles en el cráneo el silbato de acero con el que llamaba a formar filas. Sufrí en alguna ocasión esa experiencia tan emocionante y, a partir de ahí, la montaña rusa me pareció casi tan sosa como el tiovivo.

Por supuesto, a esa edad no sabía lo que era un chivo expiatorio, aunque el seminario podría haber sido un buen sitio para haber aprendido incluso a distinguir un chivo expiatorio -un chivo para Yahvé- de un chivo emisario -un chivo para el diablo-. El Levítico, tercer libro de la Biblia, los distingue de maravilla. Pero el Levítico es un libro del Antiguo Testamento (AT). Y la Iglesia católica, a partir del Concilio de Trento, dejó de leer todo el AT por odio a los protestantes, que hicieron virguerías con la interpretación libre del AT y, anticipándose en sus designios separatistas a Artur Mas, se independizaron de Roma, y la Iglesia católica concentró todo su talento comercial en el Nuevo Testamento (evangelios y epístolas de san Pablo).

Oh, Franco, Franco, qué gran corazón tuviste. Si hubieras querido, podrías haber asesinado a todos los españoles y no llegaste a asesinar ni al dos por ciento de la población. Y qué poco te lo hemos agradecido.

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Franco, el chivo expiatorio