Los traumas de Galicia


Galicia cotiza a la baja. Su silencio constante la ahoga en un mar de indiferencia. En estos tiempos de rara sensación de irrealidad, en los que el destino se va diluyendo en el horizonte, parece que hay que echar mano de los signos. Como cuando una bandada de ocas anunció la llegada de los bárbaros a Roma. ¿Será por eso que el ornitólogo Rabuñal avistó en el Anllóns un ganso procedente de Siberia que no se veía por tierras galaicas desde hace al menos veinte años? Igual tiene un especial significado que un presidente del Gobierno, más proclive al viejo principio de mandar también es callar, de pronto se convierta en comentarista de partidos de la Champions. Sin embargo, el más determinante, la muestra definitiva de nuestro declive sin retorno, es que Karra Elejalde se baje de la noria de la españolada y anuncie que no está dispuesto a interpretar Ocho apellidos gallegos, lo que por un lado se puede tomar como una afrenta y por otro como una suerte. Con un Xan das Bolas hubo más que suficiente. De todos modos, no conviene que cunda el pánico. Debajo de la lluvia, el fracaso se diluye en el agua. Lo peor sería que no hubiese nadie dispuesto a sacrificarse por un gramo de verdad. O alguien presto a sacudir el árbol de las buenas conciencias. Désiré Kouakou, el cura africano que vino de misionero a Galicia, trata de convertirnos para su reino de la solidaridad. En su apuesta por la alegría, y entre misa y misa, sueña con que los niños de su país lejano puedan estudiar en un ambiente un poco más cómodo y comer cinco días a la semana en vez de tres. La cuestión es no darse por vencidos, pues el que más o el que menos es superviviente de algún trauma o episodio difícil.

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