Bien, sea: a lo largo del último medio siglo algunos países occidentales han cometido en Asia y África graves tropelías, continuación, en muchos casos, de las practicadas previamente por las principales potencias coloniales y origen de gran parte de los conflictos hoy vigentes en el mundo. Estoy dispuesto a conceder tal tesis, sin debate, a todos los que estos días, repitiendo el archiconocido argumento de que «el terrorismo es una cosa muy compleja», vuelven a manejarla como un parapeto para negarse a tomar partido con toda claridad en una lucha -la que enfrenta a la democracia liberal con el integrismo religioso criminal- que ellos mismos plantean en términos completamente delirantes: explotados frente a explotadores. Pero estoy dispuesto a concederlo únicamente si puedo recordar tres consideraciones esenciales.
La primera, que solo en ese Occidente supuestamente malvado y putrefacto se han practicado políticas de asilo y acogida de inmigrantes, que han permitido a cientos de millones de personas desplazarse de los lugares infernales en que habían nacido a otros donde pudieron comenzar una nueva y mejor vida para ellos, sus familias y sus descendientes. La historia del mundo contemporáneo es, de hecho, la de ese trasiego interminable de personas, que se han desplazado hacia las únicas partes de la tierra que han sido lugares masivos de hospitalidad y aceptación: América, primero, y después Europa occidental.
Una Europa y una América que se convirtieron así, no sin esfuerzo, en patrias de un profundo mestizaje racial, religioso y cultural. Los asilados e inmigrantes que procedían de países arrasados por la guerra y la miseria, pudieron de ese modo mantener sus creencias y costumbres en lugares que fueron transformándose para permitir la convivencia de mundos muy distintos. Y todo ello, mientras en muchos de los lugares de origen de aquellos inmigrantes se hacían con el poder sátrapas o religiosos iluminados que sembraban el horror entre sus poblaciones respectivas, practicando la negación radical de todo pluralismo y la persecución brutal de las más pequeña disidencia.
Una tercera y última consideración no me parece menos relevante. Ese contraste entre la brutalidad de la vida en los lugares de origen de millones de inmigrantes y su relativa facilidad en los países en que han terminado refugiándose está siendo hoy malversado de un modo absolutamente falso por grupos yihadistas que tratan de convencer a miles de jóvenes musulmanes de que en realidad sus patrias de acogida, donde disfrutan de las ventajas del Estado de bienestar, son Estados que los explotan; y sus compatriotas, que hablan su misma lengua, extranjeros que los odian.
Por eso, nadie que sepa de la existencia de ese formidable engaño y de sus gravísimas consecuencias debería seguirle el juego a los que tratan de perpetrarlo amparados en gran medida en la complicidad de un buenismo occidental tan peligroso como estúpido.