Algunas voces, apenas perceptibles entre el estruendo de las bombas, se preguntan por qué antes del «je suis Paris» no resonaron con idéntica fuerza el «je suis Beirut» o el «je suis Kurdistán». ¿Acaso las vidas del palestino acribillado por el Ejército israelí o del niño sirio inerte en una playa de Turquía no valen lo mismo que la del joven parisino que la noche del viernes se divertía en la discoteca? Pues claro que no. El valor de la vida, pese al dictado de la razón, lo determina la distancia: la lejanía la devalúa, la cercanía la revaloriza. No me refiero -que también- a la distancia medible en kilómetros o en yardas, sino a la que separa las distintas culturas, sistemas de valores, confesiones religiosas, costumbres y hasta el color de la piel. Por eso nos conmueve más la muerte de cuatro vecinos en accidente de tráfico que los centenares de víctimas causadas al descarrilar un tren en un remoto lugar de China que apenas ubicamos en el mapa. Y no digamos si la tragedia se ceba con nuestra familia: el dolor se acrecienta con la proximidad. Y también el miedo, porque la cercanía del terror amenaza la vida que más estimamos: la nuestra.
Pertenecemos a varios grupos, cada uno con diversos grados de cohesión y de conflicto. Formo parte de mi familia y de Monterroso. Soy gallego, español y europeo en simbiosis personal e intransferible. Producto de la civilización occidental y miembro de la humanidad. Agnóstico en lo religioso, pero rehén de la tradición judeocristiana. Mi identidad es múltiple y no siempre pacífica, porque en el seno de esos clubes corrió la sangre a raudales. Varias veces me he emocionado con los sones de La Marsellesa en la película Casablanca: símbolo de la resistencia contra una ideología criminal incubaba en un país al que, como europeo, también pertenezco. Y me sigue emocionando cuando la escucho estos días, como catarsis frente al horror, rechazo del fanatismo y unidad en los valores engendrados en el siglo de las luces. Los símbolos significan lo que queremos que signifiquen, y por eso hago abstracción de su origen -un himno bélico-, de su invitación a la guerra -«¡A las armas, ciudadanos!»- y de su letra inspirada en el yihadismo católico: «¡Que una sangre impura empape nuestros surcos!».
Para mí La Marsellesa representa la Francia de Voltaire y de Rousseau, la Francia contradictoria que, al tiempo que cortaba cabezas o aplastaba Europa con la bota de Napoleón, difundía por el mundo las tres palabras que sintetizan el ideal supremo de la humanidad: «Liberté, égalité, fraternité». A eso quería llegar. A la Francia de la razón que se sobrepone al miedo y a la tentación del ojo por ojo, que concede el mismo valor a toda vida humana al margen de la distancia y que se engrandece con el mestizaje cultural y la mezcla de sangres, incluida la «impura» de su himno. A esa Francia, ahora conmocionada por la barbarie, yo también pertenezco. De la otra, la que aboga por combatir el crimen con la sinrazón, la que asume su himno al pie de la letra, reniego.