De las células organizadas de Al Qaida a los lobos solitarios del Estado Islámico. El terrorismo muta. Todo lo que está perseguido se mueve para no ser frenado. Hace mucho que la franquicia del Ejército Islámico ha dejado atrás a Al Qaida. Cuentan con un territorio propio, el califato entre Siria e Irak, proclamado en julio del 2014. Tienen dinero para financiarse (del petróleo, de robos y hay quien asegura que, de forma surrealista, ahora están detrás de las mafias que sacan dinero por los refugiados sirios que ellos mismos provocan). Y así es que los lobos solitarios del Ejército Islámico ya no son tan solitarios. Practican, como muy bien ha reflejado mi compañero Pablo González, un yihadismo 3.0, evolucionado, en el que combinan el dominio de la comunicación viral, a través del océano incontrolable de Internet, con su retorno a una cultura medieval de las cruzadas que somete a la mujer, entre otras muchas barbaridades. Pero toda esta violencia que se ha puesto en marcha no es solo apetito de lobos. Occidente ha tenido mucho que ver en agitar algo más que fantasmas. Son demasiados errores seguidos. Lo hemos hecho fatal en Oriente. Los atraídos por el yihadismo pasan siempre por el califato para que sus ojos confirmen allí que los vídeos de los bombardeos ciegos de las fuerzas occidentales que utilizan de propaganda en la Red no son mentira. Allí también hay niños muertos, jóvenes masacrados como los de París, del viernes, como los de Madrid, como los de Londres. Es su manera de terminar de convencerlos para que vuelvan a Europa a vengarse. En el corazón de nuestras ciudades, donde más nos duele. Para que presenciemos cómo la violencia que practicamos a miles de kilómetros vista de cerca es espantosa.