No es la guerra


Hay que ser comprensivos con quienes bajo el peso de la conmoción, la rabia y el dolor, nos hablan de actos de guerra y apelan a los mismos métodos para acabar con la pesadilla. Lo hicieron al tiempo que recogían los cadáveres de quienes fueron masacrados en nombre de no se sabe quién. Por eso hay que disculparlos. Pero las guerras no arreglan nada, lo sabemos por experiencia. Lo destrozan todo y no solucionan nada. Lo comprobamos tras el 11S, cuyos efectos aún estamos pagando. Podemos matar a cientos de miles de personas, la mayoría serán inocentes, y nos encontraremos con el problema sin solucionar y reavivado. Por eso hay que afrontar esta locura terrorista desde la prudencia. Para que no paguen justos por pecadores. Pero es cierto que hay que afrontarla y acabar con ella. Tenemos que plantearnos cómo combatimos este nuevo terrorismo que carece de rostros y que se mantiene agazapado para golpear a cualquier hora. Pero tenemos que atacarle el corazón; acabar con el sistema circulatorio que le da vida y que sabemos que transcurre por países árabes, como Arabia Saudí y Pakistán, interesantes socios y amigos de Occidente. Acabaremos con tragedias como la que vivimos el viernes cuando seamos capaces de afrontar el terrorismo yihadista en toda su dimensión. La financiación, el entrenamiento de sus asesinos, la venta de armas y el apoyo logístico. Aunque puede que nos llevemos una sorpresa, porque nos encontraremos con que quienes los ayudan son los que hoy se muestran desconsolados por las víctimas de París.

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