Artur Mas y su charca maloliente


Más allá de su locura política, su deslealtad constitucional y su traición al Estado que institucionalmente representa -cosas que con el procés en descomposición ya tienen menor importancia-, la miseria humana de Artur Mas, la que va a configurar su personajillo histórico, es el indecente apego personal al poder, que, además de desmentir la radicalidad democrática con la que tanto se llena la boca, lo caracteriza como un truhan de fortunas que es capaz de hacer descarrilar su propio proyecto si el beneficio del poder no cae en su zurrón.

Ávido de fama y fortuna, y decidido a tener una estatua de fundador del Estado en un bulevar de Barcelona, Artur Mas no tuvo ningún reparo en destrozar la coalición CiU, y su propio partido CDC, para convertirse en la clave del arco soberanista. Para que tal ensoñación saliese adelante, tampoco le dolieron prendas a la hora de montar desde la Generalitat un fenomenal proceso de abducción colectiva, basado en eslóganes y engaños, que le permitiese revestir con traje de pueblo lo que en realidad es un delirio de las élites. Y, con el fin de que ni la Justicia ni el poder central lo pudiesen inhabilitar durante la ilegal «desconexión» con la que quiere contribuir la montaje del «pollo» de Baños, rehusó encabezar la lista de Junts pel Sí con la que simuló su particular plebiscito, mientras ponía a Forcadell en la primera línea del Parlamento con la puñetera intención de que el Tribunal Constitucional, en vez de inhabilitarlo a él, la inhabilite a ella.

Pero la miseria humana no está ahí, sino en el espectáculo de podredumbre que está dando cuando, al ver desmoronarse su castillo de arena, se aferra al sillón como un poseso, se impone como candidato a una coalición que ya no le quiere y a una coyunda con la CUP a la que ya no le es útil, y, batiendo su propio récord de ruindad, amenaza con hacer descarrilar todo el proceso si le apartan de la sala de máquinas. ¡Vaya pájaro! ¡Vaya piedra angular del nou Estat! ¡Vaya moisés de pacotilla para guiar a su pueblo hacia la república prometida!

Pero la indecencia no termina aquí. Porque, para seguir resistiendo, y para curarse el sarpullido con el fango de la ciénaga, tampoco dudó en salir al rescate del sistema de corrupción que avergüenza a Cataluña y a las élites nacionalistas más conspicuas, convirtiendo un robo continuado, y quizá a mano armada, en una persecución política sin causas ni fundamentos contra el pueblo catalán.

A todos los españoles nos piden ahora que seamos generosos y comprensivos con Cataluña, y que le pongamos un puente de plata para que vuelvan a ocupar su privilegiado estatus territorial. Y yo acepto esa obligación. Pero no puedo negar que a veces sueño con favorecer la creación de la república catalana y poner a Mas de presidente vitalicio. Porque en el fondo, y con perdón, se lo merecen.

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