Por qué no estoy nada tranquilo

OPINIÓN

10 nov 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Desde hace tres años, los dirigentes de Cataluña han impulsado una espiral de amenaza y de desorden constitucional que ayer llegó al paroxismo, y que, o mucho me equivoco, o no podrá ser reconducida sin una costosa y arriesgada intervención ejecutiva de las competencias de la Generalitat. Gracias a ese desorden se pudo instalar en la sociedad catalana un nivel de desafección a España y a su sistema democrático que nadie podía imaginar. Y gracias a esa trasposición de la rebelión desde las élites a la sociedad se ha generado una dinámica política peligrosísima, en la que todos los instrumentos del orden constitucional, que Rajoy y Sánchez invocan con contundencia encomiable, son armas de doble filo, que tanto pueden conducirnos a un rápido control del procés como a una espiral de rebelión popular de consecuencias imprevisibles.

Y todo esto sucedió porque el aparato judicial no supo hacer su trabajo, porque el ejecutivo siempre pensó que a Mas le iba a entrar necesariamente el vértigo de la ilegalidad, porque muchos intelectuales y comunicadores jugaron al progresismo sin darse cuenta de que favorecían el caos y el disparate, y porque los indignados creyeron que una bofetada en la cara de Rajoy siempre viene bien, aunque tengan que darla Mas, la CUP y Forcadell. Incluso yo llegué a creer que todo se reconduciría antes de afectar gravemente a los intereses y a la paz general, aunque hace más de dos años que me olí la tostada y empecé a decir lo que ya entonces era evidente: que «si habíamos llegado adonde nunca creímos que íbamos a llegar, en modo alguno podíamos estar seguros de no llegar adonde tanto tememos llegar».

Frente a la deslealtad política que supusieron el falso referendo de hace un año y el falso plebiscito que acabamos de presenciar, y frente al continuo e impune desprecio de la ley, los tribunales y el orden constitucional que se inspiró y lideró desde la Generalitat con inusitado desparpajo, lo que sucedió ayer es, en mi opinión, una anécdota, que, lejos de darnos ocasión para frenar esta deriva -como parece que quieren hacer el Gobierno, los partidos, el TC y gran parte del sistema mediático-, puede funcionar como la hidra que nos arrastre de forma precipitada y nerviosa al artículo 155 de la Constitución.

Si estamos aquí es porque no hemos sabido pararlos en tiempo y forma. Y lo que pudo quedar en una lucha del Estado contra una élite política desleal y enloquecida, con la que poca gente simpatizaba, se va convirtiendo en un embrollo de pésimo pronóstico entre jueces, políticos y parlamentos. Porque los órdenes legal e institucional ya están pisoteados. Y porque todas las esperanzas de los rebeldes estriban en el martirio patriótico que al final les vamos a regalar. «¡Vaya desastre!», diría Maquiavelo. O «¡vaya pollo!», dice Antonio Baños, con mayor precisión.