Malvados


Hay un vídeo de Jordi Pujol del año 2005 en el que el president exuda suficiencia. Maragall acaba de trasladar al Parlamento la mordida oficial de Convergencia y el molt honorable comparece como un carnero que protege a topetones sus dominios. No sabemos cuántos de lo 1.800 millones de euros que se calcula que ha robado el clan habían sido desviados para entonces, pero la convicción con la que Pujol desprecia la denuncia de Maragall aterroriza. Más que por ser un ladrón, Pujol da miedo por la serenidad con la que miente, por su rictus reposado, por esa ausencia brutal de conciencia, por la distancia gélida con la que se indigna mientras sus vástagos saquean Cataluña. Ni rastro de remordimiento. Tiene que haber un mecanismo mental que explique esa actitud, un resorte íntimo que le permite creerse el elegido, el propietario natural de un país que antes de independizarse de España debería hacerlo de los Pujol y de lo que significaron.

Queremos pensar que la ignominia se detecta a primera vista, que la maldad tiene rasgos que la descubren. Por eso condenar a los padres de Asunta no disolverá nuestra inquietud. Pasará el tiempo y seguiremos preguntándonos por qué; por qué durante el juicio, con su intimidad expuesta al público, ninguno de los dos se derrumbó; por qué no proclamaron sí, fuimos nosotros, lo sentimos. Muchos de los que conocían a Rosario Porto siguen sin creer que ese aspecto frágil recubriera a una mujer capaz de matar a una hija. Muchos de los que confiaron a Pujol la construcción de su identidad prefieren no creer que trató a Cataluña con el desprecio de un dictador que ondeaba la senyera mientras trasladaba las pelas a Belice.

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