Un Consejo muy tranquilo

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

«Y así como suele decirse: el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa, que no se daban punto de reposo; y fue lo bueno que al ventero se le apagó el candil, y, como quedaron a oscuras, dábanse tan sin compasión todos a bulto, que a doquiera que ponían la mano no dejaban cosa sana». Así cuenta Cervantes en el Quijote una pelea nocturna en la venta, y así nos imaginábamos un Consejo de Ministros hasta ayer.

Digo que así lo imaginábamos desde que habló Cristóbal Montoro y se puso a repartir mandobles a los políticos que hablan mucho y hacen poco, a los que sienten vergüenza de pertenecer al PP, al Aznar que molesta en el quirófano y al ministro de Asuntos Exteriores. Se afianzó esa creencia al leer ayer al ministro de Asuntos Exteriores, que también tiene lengua y le respondió al colega de Hacienda llamándole ágrafo y echándole en cara que le hubiera hecho una paralela que Margallo tiene recurrida. Solo les falta este detalle: verse en los tribunales por un quítame allá unos impuestos.

Y digo que la creencia llegó hasta ayer, porque fue ayer cuando la vicepresidenta Soraya, que viene a ser la ventera en ausencia del ventero mayor, describió el plácido panorama del Consejo de Ministros como un lugar donde solo hay tensión laboral y «aquí nos dedicamos a trabajar». Quizá sea cierto: los ministros se dedican a trabajar. De hecho, en los últimos cuatro años solo los hemos visto trabajando. Lo que no sea trabajar lo hacen con discreción, no convocan a la prensa cuando se van de copas y guardan celosamente el secreto de su lugar de vacaciones, excepto Rajoy cuando quiere presentar su rostro humano e informa de que está en Ribadumia.

Pero trabajan tan en equipo que se acaban cogiendo confianza, y donde hay confianza se pierde el respeto. Están tan apretujados en el Consejo que se terminan dando codazos. Rajoy les exige tanto que acaban como una olla a presión. Hay tanta encuesta de popularidad que los de abajo terminan preguntando a los de arriba qué han hecho para merecer tanto aprecio. Hay dos bloques, el de Mariano y el sorayo, y desconfían de las lealtades respectivas. Se conocen tan bien después de estar tanto juntos que no entienden por qué su compañero continúa en el ministerio. Y así sucesivamente: si el Gobierno es una familia, es una familia llena de cuñados y estos últimos días han sido la Nochebuena. Soraya, que tiene la comprometida misión de coordinarlos, les dice aquello de «vamos a llevarnos bien». Y en cuanto al ventero mayor, no sería extraño que repitiera lo que dijo en una ocasión emulando a Romanones: «Joder, qué tropa».