La reacción de la pena


Antes de que el cristianismo convirtiese la esperanza en una virtud, Prometeo y Zeus la habían hecho víctima de sus liortas. Aunque sean cosas de la mitología, los poderosos siempre jugaron con la esperanza de los débiles. Como la de los heridos y enfermos del hospital de Médicos Sin Fronteras de Kunduz (Afganistán), que saltó por los aires el sábado de madrugada arrastrada por el ruido de los aviones. Sueños que se desbarataron para siempre y por sorpresa. Las bombas lanzadas en medio de la noche suelen ser ciegas, como el desastre que producen. Las muertes que provocan siempre se diluyen en un mar de confusiones, pero son ciertas aunque hayan quedado escondidas debajo de los escombros. Cuando la vida se hace trizas los causantes de su pérdida difícilmente encuentran argumentos sólidos y las respuestas se esconden hasta que pase el dolor. Como mucho, son razones disueltas en una espesa nube de desconcierto con el mundo convertido en espectador silencioso. Suelen ser muchas las manos ocupadas en articular durante mucho tiempo una tragedia que se produce en un instante, en un suspiro o en el tiempo necesario para expirar un moribundo. Mientras unos luchan por salvar vidas, y hasta ponen la suya en peligro, otros encuentran razones de fondo para arrebatarlas. La muerte de inocentes siempre golpea con dureza la conciencia de la humanidad. Es una carga que alguien en algún momento acabará portando sobre su existencia. Aunque en la distancia no se vea su cara de sufrimiento, alguien tendrá que aguantar todo ese dolor, inmensamente mucho más pesado que la metralla que lo causa. Lo malo es que la pena nunca se sabe como reacciona.

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La reacción de la pena