Fracaso de Mas


Ningún líder sensato declararía la independencia con los resultados de ayer. Pero Artur Mas ha demostrado que no lo es. Ha perdido claramente el plebiscito, porque en estas votaciones lo que cuentan son las papeletas. Más de la mitad de los catalanes le han dicho no. Su partido, CDC, y su principal socio de gobierno, ERC, han perdido ocho escaños. ¿Será capaz de seguir su viaje a Ítaca, a esa Arcadia feliz que promete separada del malvado Madrid, aunque sea con los antisistema de la CUP y con una sociedad dividida? La respuesta es sí. Está convencido de que tiene una misión, que quiere cumplir a toda costa, aunque se lleve por delante la ley y la convivencia social. Pilar Rahola, independentista de pro, tituló el libro que escribió sobre Mas en el 2010 La máscara del rey Arturo. El resultado es un retrato muy amable, rayano en la hagiografía, pero a la vez interesante. Por ejemplo, afirmaba que era partidario de la independencia, pero que no la llevaba en su programa porque perdería votos, «en vez de 60 diputados, sacaría 30» y señalaba que «la independencia no es una tarea para impacientes, sino para perseverantes». Pero no siempre fue secesionista. En el 2002 decía que la independencia es «un concepto anticuado y oxidado». Lo cierto es que Mas es un camaleón que ha sabido adaptarse a las circunstancias. Tras la gigantesca manifestación de la Diada del 2012 decidió subirse a la ola, adelantó las elecciones y sufrió una humillación, pero no dimitió. Ahora, escabullido en el cuarto puesto de su lista y sin dar cuentas de su gestión, ha logrado su objetivo, muy pobre, pero ladinamente establecido por él mismo, la mayoría de escaños. Hace ya tiempo que Mas se quitó la máscara. ¿Seguirá siendo presidente o la CUP pedirá su cabeza? Lo tiene difícil.

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