Ahora que ya voló el ocio, nada como recordar el placer inmenso de volver a ver una película de la que sabes que no te falla. Con todo el tiempo de las vacaciones por delante. Por ejemplo, Valor de ley. Cualquiera de las dos. ¡Qué pocas veces se puede decir esta frase de una película y de su versión! Pero así sucede con Valor de ley, una película del lejano Oeste, un filme de aventura y venganza. Ya está dicho que, para un gallego, el lejano Oeste no es más que el cercano Oeste, el lugar donde vive. Siempre me han parecido las historias del Oeste como las historias de los pueblos, villas y ciudades de Galicia. Los personajes son tan gallegos que parecen recién salidos de una escalera y a veces me extraña que no se pongan a comer pulpo en las cantinas. De Valor de ley se puede ver la primera versión, cosecha del 69 y firmada por Henry Hathaway. O la segunda, del 2010 y filmada por los hermanos Coen. Las dos, como decía, estupendas. Secas como un borracho sin whisky a mano y contundentes como un revólver que te dispara a bocajarro. En la primera es John Wayne el que hace del sheriff acabado y tuerto que ayuda a la niña a intentar vengar la muerte de su padre. El Duque, apodo de Wayne, logró su único óscar con este trabajo de envergadura (envergadura, en el caso de Wayne y su metro y noventa y tres centímetros, es un pleonasmo). Pero en la copia de los Coen es Jeff Bridges el que reedita el papel de Wayne con éxito. Un lujo de cine, ahora que el tiempo de ocio ya parece un espejismo que quedó atrás en el desierto cabalgando de nuevo como estamos en el trabajo.