Dronear


Un amigo se equivocó al grabar el mensaje de su contestador automático y, si no atendía, saltaba el siguiente mensaje: «Soy fulanito de tal, en este momento no puedo entenderle?». Si no fuera porque las personas que me llaman no lo merecen, lo pondría hoy en mi contestador automático o de estado permanente en WhatsApp. Esta semana me ha ocurrido mucho con todo tipo de asuntos, pero como dispongo de poco espacio, me referiré solo a uno: a las propuestas de intervención en Siria.

Parece que hay un cierto acuerdo en que, si no se hace algo, las matanzas y las riadas de refugiados se multiplicarán. A esto contesta Cameron con promesas de bombardear Siria, Hollande dice que ya han empezado los vuelos de reconocimiento para hacer lo propio. Y el premio nobel de la paz Barak Obama amenaza con más fuego de sus drones. Es decir, los tres anuncian más muertes inocentes y más refugiados. Mientras, nuestro ministro Margallo proclama que es la hora de negociar con Asad: es decir, quiere darle tiempo para que produzca más muertos y refugiados.

Claro que hay que negociar, pero si de verdad se desea detener el desastre habría que comenzar por impedirlo con una fuerza de interposición o creando -ya hay argumentos muy autorizados que lo piden- una zona de exclusión aérea. Es decir, no bombardearlos y evitar que los bombardeen, que no mueran más mientras se buscan soluciones para un problema que se ha dejado pudrir. Pero lanzar bombas es fácil y seguro y, sobre todo, con menos costes de opinión pública -o sea, de votos-, porque solo se ponen en riesgo las vidas de los sirios. Nada más cobarde que un bombardeo. Con drones, ni te cuento.

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