Los retornos


En estos días, multitud de viajeros llevan a cabo la vuelta a casa al fin de las vacaciones de agosto. Todos habrán preparado sus cosas a partir del compromiso personal de ser precavidos y de respetar las normas. Nadie quiere sufrir un accidente. Todos quieren cumplir felizmente su travesía. En este contexto es bien sabido que al accidente ronda en la cercanía de los automóviles y al término de cada éxodo no faltará la cuenta de víctimas. Lo sabemos, pero aceptamos el reto, entre la propia suficiencia y el convencimiento de que el espectro de la tragedia va con otros. Y es razonable este planteamiento, pero no es menos razonable deducir que, en medio de todos, cerca, circula esa minoría de conductores sembradores de riesgos, los frívolos y displicentes. Infractores crónicos, que tienen por prioritarios sus derechos a costa de la norma legal y de cualquier consenso social. Sí, hemos aceptado estos singulares retos que los modos de vida imponen y al tráfico es claro que le faltan esos principios éticos que lo harían, cuando menos, más amable, ordenado y seguro.

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