El cronista, todavía castigado por la morriña, vuelve a su función más reincidente: la de espectador de la política nacional. Y lo hace con la sensación de que vive los tiempos finales de algo. No sabe exactamente de qué, pero tiene la intuición de que los próximos cuatro meses, los que faltan para terminar el año, van a ser cruciales en la vida del país. Lo serán por Cataluña porque, pase lo que pase en las elecciones autonómicas, ya nada será igual. Si ganan los independentistas, meterán a este país en un carajal de convivencia con pocos precedentes. Si pierden, empezarán a preparar la próxima arremetida contra el Estado.
Lo serán también por las elecciones generales. Si sigue gobernando Rajoy, que es lo más probable, lo hará de forma muy distinta, como ha dejado entrever este mes de agosto. Si tiene que pasar a la oposición, yo no lo creo, será porque ha perdido ante una izquierda que no sabemos lo que quiere: la socialdemocracia desdibujada del PSOE, la importación del sistema bolivariano o la veneración de Tsipras.
De esta forma el curso político se abre ante nosotros cargado de dudas y de vértigo. ¿Más que otras veces y otros cursos? Creo que sí. Más que otras veces y otros cursos, porque lo desconocemos todo: la realidad del pensamiento del pueblo catalán, que es el único que puede dar respuesta a las ambiciones de Artur Mas; la consistencia del populismo, que le hace a Rajoy el dudoso regalo electoral del discurso del miedo; la composición del previsible nuevo mapa político, donde la derecha no tiene mucho con quién pactar y la izquierda puede promover pactos inquietantes; el clamor por las reformas políticas, incluso constitucionales, que ponen en tela de juicio la supervivencia del propio sistema?
Demasiadas dudas, a última hora agravadas por el clima económico y la invasión de Europa por miles de inmigrantes y refugiados, que anuncia una crisis humanitaria de imprevisibles consecuencias. La China que inspiraba admiración por su pujanza inspira ahora pánico en los mercados. Los países que se llamaban emergentes por su potencial son ahora escenario de desequilibrios y fuente de amenazas. Incluso el precio del petróleo, una de las bases del crecimiento español, parece que se convierte en un problema global. Vivimos horas de zozobra. La recuperación económica puede ser algo volátil y provisional, y esta vez su caída no estaría provocada por la gestión socialista. Veo ese horizonte y no sé por qué la izquierda quiere ganar las elecciones: si mira a la política, no tendrá fuerza para acometer las reformas que propugna. Si mira a la economía, puede cargar para siempre con la culpa de llevar al país a la crisis. Ese es el panorama. Tiempos de ansiedad.