Lo malo de lo bueno

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i Balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

El verano tiene muchas cosas buenas, pero también tiene sus fatigas. Una de las cosas que más me incomoda del período estival es el cambio generalizado de la programación de radio y televisión, no solo porque a uno le rompen sus rutinas, sino también porque los espacios que vienen a sustituir a lo cotidiano presentan todos un formato musico-festivo-playero que resulta empalagoso.

Este verano además de lo anterior viene cargado con la singularidad de que no ha parado la matraca política como es menester en estas fechas para poder sobrevivir lo que resta de año. Entre el Juego de tronos catalán, la encuesta del CIS y los presupuestos del Estado no nos han dejado un respiro y lo vamos a pagar llegado el otoño. Al tiempo.

Otro aspecto negativo del estío es el cambio de paisaje humano que se produce en la calle. La proliferación de tipos en pantalones cortos, camisetas, chanclas con uñas de mejillón al aire y vestiditos ibicencos que pueblan las rúas, haga frío o calor, resultan estomagantes, más si van acompañados de la botellita de agua y de toda la parafernalia de complementos saludables a los que los omnipresentes consejos médico publicitarios nos obligan: cremas protectoras, gorros, loción antimosquitos, gafas de sol, cinco piezas de frutas...

Una mascarada al aire libre de cuerpos bronceados o enrojecidos con toda la casquería al viento. Aumentan también los individuos cargados de buenas intenciones que comienzan sus vacaciones estivales poniéndose a correr por la playa, andar por los caminos o nadar al alba presos de un apuro incontenible.

Da miedo verlos y, sin embargo, no se escuchan indicaciones de expertos que alerten sobre esa compulsión deportiva de gentes sedentarias el resto del año. Le pasa a muchos y nos cuestan un puñado de vidas todos los veranos.

El verano en Galicia tiene otro aspecto singular que es la invasión de los que algunos, con cierta simpatía, llaman come chinchos -dícese de los enjambres de turistas nacionales que en llegando a esta tierra devoran como locos todo tipo de pescaditos a todas horas- y que, la verdad, resulta curiosa, porque parece que vengan aquí a «matar a fame».

Tampoco resulta confortable sortear la marabunta de niños tuneados con todo tipo de aparejos de supervivencia que, vociferantes e hiperactivos, pueblan los espacios públicos sin que sus padres muestren la más mínima capacidad de control sobre ellos.

Vamos, que el verano está muy bien pero no deja de tener un lado oscuro. Sobre todo si además no hace sol y el calor se transforma en bochorno.

«Nibil novum sub sole» (Eclesiastés 1,9)