El camarote de Pedro


N o existió nunca un camarote como el de los hermanos Marx. Hasta que los socialistas se decidieron a mostrarnos su concepto de respeto, rigor y disciplina, la película Una noche en la ópera era nuestra referencia mítica del despropósito y del humor. Pero de un tiempo a esta parte el socialismo español supera ampliamente el despropósito de la divertida comedia.

Mal pueden atender los socialistas a los muchos problemas que vive el país, ocupados como están por resolver las refriegas internas. El cese y rebelión de Carmona, las discrepancias de los parlamentarios del Hórreo y el desertor de Boimorto, últimos capítulos, se unen a las interminables contiendas de catalanes, andaluces, madrileños y a los líderes cuestionados, por citar solo las más relevantes y prescindiendo de la Diputación de Lugo. Porque lo del partido socialista no es una cuestión de lavarse la cara con primarias, contrapesos o acciones de autoestima; es de unidad y, sobre todo, de responsabilidad, disciplina y compromiso.

No deliran Rajoy y su muchachada cuando dicen que acabarán disputándose el Gobierno con Podemos. No lo hacen. Porque el desorden, desconcierto y descontrol que viven los socialistas puede llevarlos, como dejaron claro las municipales, a la tercera o cuarta fuerza política. Y ahí no se llega por casualidad; se llega por mérito propios, después de mucho trabajo de derribo de un proyecto que hace años se entendía sólido y de futuro.

El camarote de Pedro Sánchez está en plena efervescencia. Solo falta que alguien de un paso al frente y diga aquello de que estos son nuestros principios, pero si no les gustan tengo otros. Que es lo que subyace en el fondo de los líos del camarote.

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