Enemigos del pasado

Alberto Ruiz de Samaniego TRIBUNA

OPINIÓN

En el texto titulado La muralla y los libros, Borges narra la curiosa historia del primer emperador chino: Qin Shi Huang -a quien él denomina Shih Huang Ti-. El caso es que este mandatario firmó un decreto que obligaba a quemar todas las obras literarias, históricas y filosóficas que se habían producido hasta el momento. Con el objeto de que la historia -y tal vez el mundo- comenzasen tan solo a partir de él mismo. La tradición y el pasado quedaron así prohibidos bajo pena de muerte.

Se ha llegado a afirmar que 460 sabios que desacataron la orden fueron enterrados hasta el cuello y decapitados, y que quienes ocultaron libros destinados a la hoguera terminaron marcados con un hierro candente y condenados a construir, hasta el día de su muerte, la famosa muralla china, en la que, a su vez, fueron enterrados.

En un muy famoso artículo titulado Wojtysolo, Juan Benet arremetía contra el fácil y estéril afán «justiciero» y «la hipocresía con que una conciencia moderna pretende enjuiciar un hecho antiguo de acuerdo con un código que en su día no era de aplicación». Veía en ese acto la voluntad del «beneficio propagandístico (y la expropiación ilegal de un terreno de nadie) de quien hace uso de ese código contra quien ni en abstracto puede ampararse en él».

Este beneficio propagandístico estaba destinado, en palabras de Benet, «a demostrar la buena fe, la comprensión histórica y la modernidad intelectual de quien celebra tan fácil sacrificio». Y concluía con un ejemplo -el de los monumentos conmemorativos de los triunfos guerreros, llamados trofeos- que, a su juicio, demostraba la elevación moral de la sociedad griega por encima de otras culturas. La ley griega estipula que el trofeo -escribe- había de ser de madera solamente, y no de piedra ni de metal; nunca había de ser reparado por el vencedor ni derribado por el vencido. Lo único que había que hacer era dejar que fuera cayéndose en pedazos hasta desaparecer, como iba desvaneciéndose el recuerdo de la vieja contienda. Benet cita luego a Plutarco: «Sería denigrante y malévolo que los hombres reparásemos y renovásemos los monumentos del odio hacia nuestros adversarios cuando el tiempo los va borrando».

En 1978, el periodista Soler Serrano pregunta a Álvaro Cunqueiro, en el programa A fondo, acerca de lo que está preparando en ese momento. La respuesta, también justamente famosa que dio el mindoniense, con un aplomo increíble, fue: «He terminado una novela larga, la más larga de todos los libros que he escrito, que se titula Ceniza en la manga de un viejo. Saldrá para la primavera, supongo. Bueno, ceniza en la manga de un viejo es todo lo que queda de la vida cuando la vida va a terminar. Es la autobiografía de quien escribe el libro (no la mía, la de quien escribe el libro), que no sabe distinguir casi entre lo vivido y lo imaginado». Nadie sabe nada de esta novela, nadie ha visto un solo párrafo.

Pero es evidente que, aunque Cunqueiro lo niegue (e incluso precisamente porque lo niega), el modelo de protagonista no es otro que el escritor mismo, cuya capacidad de fabulación ha llegado a ser legendaria. De hecho, la cantidad de textos e historias que, sin haber pasado de la dimensión del sueño, Cunqueiro comentaba como escritas o en proceso son, como sabemos, demasiado numerosas como para no ver en este rasgo -la dialéctica imaginación/realidad- un aspecto determinante de su poética. Sobre el libro de la ceniza Cunqueiro habló también en otro programa: trataba de «un hombre que quería tener dos memorias: la de la vejez, de lo que ha vivido verdaderamente y lo recordaba como viejo, y la memoria de lo que soñaba como joven. Es decir, lo que pudo haber sido y no fue, y lo que fue y ahora a él le pesa y difícilmente lo aprehende como ceniza en la manga de un viejo».

Pues bien, en esta misma tensión parecen hallarse los asesores del Ayuntamiento de Madrid, que en su afán purgativo antifascista han incluido en la lista de la ignominia y el borrado del nomenclátor y de la historia al propio Cunqueiro, rodeado de personajes tan relevantes en el relato de la ideología política fascista como Jardiel Poncela o Manolete. La diferencia está en que Cunqueiro, en su oficio de escritor, optó por la primacía de los sueños frente a las realidades (y ello le costó el menosprecio en su tiempo de toda la camarilla dominante del, así llamado. «arte comprometido» y, como vemos, la ristra de pecios que su fabulación desbordante despilfarraba por el camino). Mientras que estos nuevos e ignaros Savonarolas a los que les pesa lo que fue -como a casi todos, sonroja hasta decirlo- prefieren, como el viejo emperador chino, arremeter desde lo público -espeso y municipal- contra la realidad misma.

Creen así borrarla para que solo se mantengan quizás los sueños y los recuerdos continuamente limpios. Son los que, ingenuos y malévolos al tiempo, no dejan de escudriñar hasta el último resquicio los agravios que los hechos históricos producen sin pausa en sus juveniles sueños.

Como una historia del propio Cunqueiro, el final de Qin Shi Huang no carece de interés alegórico. Un par de años después de la quema de los libros, y mientras hacía un viaje por la China oriental en busca del secreto de la inmortalidad, murió envenenado.

El primer ministro Li Si temió que el anuncio de su fallecimiento causara una rebelión, por lo que decidió ocultar la noticia hasta haber regresado a la capital. El viaje de retorno fue una obra maestra del engaño: Li Si entraba cada tanto en la diligencia donde estaba el cadáver y aseguraba a todo el mundo que discutía con el emperador asuntos de Estado. Cuando el cuerpo de Qin Shi Huang empezó a descomponerse, solicitó que un carro lleno de pescado pasara justo antes del arribo de la diligencia del emperador y que otro, también con pescado, pasara justo después para tapar el olor. Al llegar a la capital, Li Si obligó al hijo mayor (Fusu) a suicidarse y proclamó segundo emperador a su otro hijo: Huhai.

Soñar y maquillar los hechos, en privado alimenta a la musa, en la cosa pública no resulta tan inocente ni recreativo, a menudo incluso produce pesadillas.