Hay millones de escritores. Tantos como seres humanos que aprenden a escribir. Hoy en el océano de Internet y las redes sociales todos escribimos. Pero hay algunos seres humanos que publican libros. Una parte de estos de forma muy merecida y otros... Y dentro de esa parte muy merecida: algunos nos entretienen y otros hacen de la escritura un arte mayor. Y, dentro de esos que hacen de las letras un arte mayor, una composición para ser recitada en voz alta, los hay que logran que su escritura sea música. Que sus palabras puedan ser interpretadas casi por una orquesta sinfónica. Sobre lo que se escribe, hay infinidad de temas. Los más clásicos, el amor y el ciclo de la vida, la infancia y la muerte. Pero algunos escritores que hacen de su prosa material mágico son capaces de resumir lo que mueve a los seres humanos de forma casi única. El mes pasado perdíamos a uno de estos maestros. Se iba James Salter, a los 90 años, un genio que nació en Estados Unidos, pero que en realidad nació en el corazón de todos los que tengan capacidad de leer y sentir. Pocos como Salter para contar cómo se astilla un matrimonio o cómo el deseo mueve el mundo y a la velocidad que lo hace. Pocos como Salter para pasar a limpio unas memorias maravillosas. El autor peleó en la Segunda Guerra Mundial. Fue piloto y, sobre todo, vivió para contarlo. Y de qué manera. Un párrafo de Salter es un filtro de alegría y tristeza. Sus letras están siempre decantadas. No sobra nada. Ni falta. Es como si pudiesen salir chispas de un teclado. Como si abrir uno de sus libros, Juego y distracción o Anochecer o La última noche, fuese empezar una sesión de fuegos artificiales. O acaso vivir todo lo que nos pasa si lo pensamos bien no es como asistir a un festival de fuegos artificiales.