El problema catalán en tres tiempos


Que Cataluña se haya convertido en un enrevesado problema de Estado no se debe a que aquel querido país haya cambiado de repente, o a que el modelo de transición en el que estaba perfectamente integrado haya perdido su virtualidad. La única causa de tan convulsa situación es el desgraciado y retorcido uso que se está haciendo del poder autónomo y de sus instituciones para plantearle al Gobierno un reto y un chantaje que no tienen solución. Y no debemos olvidar que la clave de ese chantaje consiste en aprovechar la incertidumbre y la indignación derivadas de la crisis para generar una demanda desorbitada y en forma de dilema, de tal manera que, si plantarle cara parece un grave error, la mera hipótesis de ceder nos pone a todos al borde del abismo.

En tales circunstancias no parecen acertadas algunas posiciones como las de Duran i Lleida o Pedro Sánchez, que, después de rectificar sus anteriores ambigüedades y avenirse al discurso de la patria indivisible, siguen dando pábulo a «soluciones políticas» (Duran), o a una «reconstrucción federal de España» (Sánchez), para las que no aclaran con qué acuerdos se cuenta ni cuál es la fórmula mágica que va a permitir satisfacer a Mas y a su tropa sin llenar de rendijas la estructura del Estado. Por eso puede decirse sin ambages que estamos en un momento en que los matices son traiciones, ya que complican sobremanera tan peliaguda cuestión.

El problema catalán debe ser abordado en tres tiempos, cuya sucesión ordenada determina el enfoque estratégico y realista del problema. Y en este ambiente es evidente que la primera fase consiste en reponer la legalidad y frenar el chantaje al que Mas nos ha sometido. Y eso solo se puede hacer diciéndole que no, y exigiendo que los tribunales traten en serio la flagrante ilegalidad en que se sitúa la Generalitat respecto a la Constitución Española.

El segundo tiempo solo puede ser la elaboración -científica y política- de una descripción objetiva del hecho catalán. Porque mientras el debate siga dominado por la populista y mentirosa idea de que España vive a costa de Cataluña, y que las políticas de solidaridad territorial y social son un atraso en vez de un avance de la modernidad democrática, el problema planteado por Mas es inabordable.

Y el tercer tiempo debe ser la convicción de que cualquier pacto constitucional tiene que ser extensible a todo el territorio, que no se puede sacrificar la cohesión del todo para arreglar una parte, y que no se debe convertir a Cataluña en el inicio de múltiples y atrabiliarias reivindicaciones basadas en la exigencia de respuestas equivalentes. Y para eso es imprescindible que PP y PSOE recuperen el pacto constitucional. Después todo parece posible. Pero antes todo es locura y disparate. Un hoyo en el que, de manera subconsciente, vamos cayendo casi todos.

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