La niña de Angela


Cuando un político quiere molar busca a un niño. Al resto de los seres humanos nos resulta desconcertante esa atracción por los carrillos infantiles, pero supongo que muchos asesores confían en el poder humanizador de una criatura, en la capacidad que un cativo tiene de inyectar ternura al dirigente más glacial. Cuando los políticos se zambullen en una campaña electoral, lo primero que hacen es tomar las calles con la distancia marcial de un maniquí y buscar mofletes. Cada pellizco facial que se le propina a un chaval es una muesca de furia que se le imprime en el alma. Es fácil ensayar un respingo cuando en el abismo de la memoria se localiza ese momento en el que una manaza gigante acometía la empresa de retorcer el cuadrante más carnoso de tu rostro, una maniobra que por alguna razón inexplicable alguien piensa que da votos. 

En el año 2008, Rajoy tiró de niña para presentarnos una Arcadia imposible que el tiempo descarnó de forma cruel. Esta semana, Merkel se fue a un colegio para recibir clases de empatía con esa disposición castrense con la que se desenvuelven los que viven empachados de razón. El acto destilaba la complacencia programada típica de estos saraos pero sucedió lo inesperado: el decorado cobró vida y una niña palestina colocada allí como figurante de una sociedad integrada y generosa rompió a llorar con el desconsuelo devastador de quien no se siente querido. Sus lágrimas mostraron las vergüenzas de una sociedad que no está tan integrada ni es tan generosa y forzó a Merkel a eludir el disimulo y a despreciar  la petición de clemencia de la cría con un implacable: «La política es dura». Ojo con los niños en campaña. Pueden ser imprevisibles.

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