El fracaso europeo en Grecia


Para aquellos que aún creíamos posible la construcción de una economía social de mercado en la Europa del euro, la respuesta política al resultado del referendo griego sobre las políticas austericidas ha sido demoledora. Porque Alemania ha impuesto una respuesta que consiste en una disyuntiva totalitaria: o abandonas la eurozona y te enfrentas en solitario a tus problemas, o permaneces en ella y serás tratado no como un miembro del club, sino como un deudor moroso y sospechoso de impago.

Poco importa aquí el que tal disyuntiva sea una ratonera (la permanencia será agónica y temporal), sino el hecho de que cualquier gestión social y federal de la crisis de un Estado miembro, de uno de los nuestros, queda excluida. Se impone así una forma de racismo que considera al miembro a rescatar como un apestado y un indolente. Que merece un purgatorio, un castigo. Es este un relato no menos falso que interesado. Porque las cosas sucedieron con los llamados PIGS de otra manera. Fue una moneda fuerte, en la que era muy barato endeudarse, la que favoreció superávits comerciales intraeuropeos para la industria alemana, con créditos que facilitaban sus bancos. Los bancos de los PIGS se intoxicaron de tales facilidades y, para sanearlos, todo aquel negocio se transmutó en un problema de deuda soberana. Llegados a este punto, se pasó a llamar indolentes a los otrora clientes.

Los Gobiernos que representan a los ganadores de este juego han conseguido (salvo en Grecia) la complicidad de los Gobiernos deudores para transformar la burbuja especulativa de una tropa de negociantes en un pecado de falta de austeridad del pueblo llano. Para ello les basta con señalar cómo no pocos trabajadores picaron en la ilusión de hacerse millonarios de la noche a la mañana en el mercado inmobiliario. O cómo esos mismos gobernantes, ahora sus monaguillos, aprobaban inversiones públicas delirantes.

Pero más allá de esta prestidigitación interesada, que amplifican por los medios a todas horas, la realidad es tozuda. Las disparatadas deudas externas de los PIGS se cebaron por los mismos acreedores que ahora pretenden no haber incurrido en ningún riesgo. Solo así se entiende que las quitas, condonaciones o impagos solo sean posibles si el deudor encara una salida unilateral del club (del euro) en el que se endeudó.

O te marchas o te echamos. Lo segundo lo planteó Alemania a la vista del resultado del referendo, y lo primero al obligar a un memorando de tercer rescate que supone una humillación nacional en toda regla.

Otros países, que tenemos una deuda externa no menor en la eurozona, debemos tomar nota: si queremos seguir en el euro no habrá pausa ni en las políticas de devaluación salarial y laboral, ni en las políticas de devaluación de los servicios públicos y de la protección social.

Dentro del euro, Alemania ha dictado que no existe espacio alguno para una gestión pública que no sea neoliberal en cada Estado y en una Unión Europea que siga siendo la tierra de jauja de los mercados: con un Estado (mínimo, hayekiano, del uno por ciento del PIB) que les da la risa.

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