Ese juego de los niños Junqueras y Mas


La independencia de Cataluña vuelve a fastidiar la siesta del Gobierno. Los señores Artur Mas y Junqueras, con la colaboración necesaria de las organizaciones separatistas Omnium Cultural y Asamblea Nacional Catalana, han montado un teatrillo que consta de los siguientes actos: primero, la confección de una candidatura que quiere ser un frente independentista; segundo, la consideración de las elecciones del 27S como un plebiscito que tenga el valor del referendo que no han podido celebrar; tercero, elaborar una ley con los mecanismos de desconexión del Estado español; y cuarto, esperar que el Estado español sea tonto y deje alegremente proclamar el Estado catalán.

Es evidente que una hoja de ruta planteada así («procuramos colarle goles al Estado», dijo el señor Junqueras) tiene un futuro perfectamente descriptible; quizá el anunciado también ayer por Rajoy: «No va a haber independencia de Cataluña». Da la impresión de que quienes pensaron, negociaron y acordaron ese proyecto, se portaron como unos colegiales reunidos en el recreo para montar una gran gamberrada. Y la van a montar, con el inconveniente de que manejan explosivos. Si ellos creen que crear un Estado desgajándolo de otro es tan fácil como lo describen, es que son más inocentes que un cubo. Pero si no lo creen, es que tratan de engañar a la sociedad.

Hubo momentos en que pensé sinceramente que Cataluña se estaba despidiendo y así lo dije en esta columna. Creo que las razones para ese temor siguen vigentes, porque, con la excepción del rey Felipe VI, no hemos visto que se tendieran puentes con una comunidad autónoma con motivos para el desencuentro. El Estado español, con todo su poderío, ha sido incapaz de crear un relato sugestivo de la unidad nacional y ha permitido que el relato de la ruptura sea dominante. Y, para cerrar ese marco de impotencias, los partidos que defienden la unidad de España en Cataluña están empezando a ser testimoniales. Si el PP no existiera en Cataluña, su influencia sería parecida a la actual.

Ahora, en cambio, esa extraña lista de concentración no hace otra cosa que demostrar las debilidades de sus componentes: el partido de Mas quiere camuflar en ella su pérdida de votos y el de Junqueras quiere ocultar que no crece. Podrán ganar las elecciones, y es probable que lo hagan, pero la ruptura de una nación no se decreta desde una simple mayoría. Y en cuanto a la ley de transición, será anulada al minuto siguiente de ser aprobada. Estoy empezando a creer que, si se quiere el fracaso de la aventura separatista, lo inteligente es dejar que los propios separatistas la gestionen. Lo que ocurre es que incordian mucho. Y están siendo los grandes enemigos de la estabilidad.

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