Cuidar As Catedrais

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

Hace cuarenta años, solo los vecinos más próximos conocían la playa de As Catedrais (Ribadeo, Lugo), entonces llamada playa de Augas Santas. Hoy es uno de los espacios naturales más admirados y visitados por un turismo de masas que no hace más que incrementarse cada año, conmovido por la belleza de unas figuras pétreas esculpidas por el viento, por la lluvia y por el mar. Ya son muchos los que comparan este milagro natural con otras grandes atracciones naturales del orbe. Y no exageran.

Con una playa de 1.500 metros de largo, que aparece y desaparece según baja o sube la marea, este espacio marítimo ofrece una visión que asombra y fascina. Una sucesión de acantilados, cuevas, pasadizos y grandes rocas multiformes (una de ellas con traza de arco catedralicio) configuran este fascinante recorrido por su fina arena.

Desde que uno desciende por las escaleras de acceso a la playa, empieza a oír la sinfonía del mar, que es, a la vez, una polifonía visual de arcos, bóvedas, galerías, grietas y ojos que se abren en el techo de las principales cuevas o perforaciones.

As Catedrais es un espacio natural milagrosamente preservado por un desconocimiento general que no se rompió hasta hace apenas cuatro décadas. Desde entonces, los visitantes no han dejado de aumentar y su huella se percibe claramente en el entorno (y no siempre para bien). La playa, con su rutilante bandera azul, es hoy un espacio natural comparable a las cataratas del Niágara, que constituyen un modelo del que podríamos extraer magníficas lecciones. La primera de ellas -y la que más me cautivó en mi visita- fue el gran cuidado que los canadienses pusieron en no agobiar la magnitud del espectáculo natural. Quizá por ello yo sigo siendo un adversario íntimo de esas mesas para comer que asoman sobre los bordes de As Catedrais. Creo que ese espacio pertenece al entorno mágico y no debe ser mancillado por nada impropio.

Para preservar adecuadamente As Catedrais, hay que preservar también su entorno no estrictamente playero. Por ello -y para no errar-, es preciso repensar permanentemente el cuidado de este espacio en términos de un futuro largo y venturoso. Así acertaremos.