Ni la rupturista alcaldesa de Barcelona podrá cuestionar a estas alturas que el turismo es un gran invento, como proclamaba la cinematografía cañí en el furor del desarrollismo de los 60. Hoy, igual que ayer, es uno de los valores más seguros para la travesía del desierto económico y ahora que el bolsillo de los españoles parece dispuesto a darse algunas alegrías vacacionales, el sector alberga optimistas expectativas para una definitiva recuperación impulsada, en Galicia, por el despertar de la demanda interna y por la buena progresión de la internacional. Cualquier medida que pueda lastrar este futuro placentero deberá ser muy bien sopesada por sus consecuencias para esta actividad que en Galicia se acerca al 11 % del PIB y que llega al 20 % en lugares como Santiago. Su impacto sobre el empleo es vital y, por tanto, enfriar su dinamismo conlleva un alto riesgo.
Colau ha disparado las alarmas del sector al radicalizar las cautelas que ya regían en Barcelona para evitar el monocultivo turístico, y aunque la masificación que vive el entorno de la catedral de Santiago en julio y agosto -ya no solo en año santo- guarda similitudes con el abrirse paso por las Ramblas, casi a codazos, la historia turística de las dos ciudades está más próxima en las agendas de quienes acaban de acceder a sus alcaldías que en la supuesta voracidad hotelera.
En Santiago, la todavía fuerte estacionalidad obliga a cerrar hoteles en invierno, mientras crece la oferta de apartamentos turísticos que contribuyen a perfilar el casco histórico como parque temático y sigue activo un mercado negro de habitaciones de andar por casa que no favorece la imagen de la ciudad. La prioridad es velar por la calidad del sector y no las moratorias.