Grecia solicita, por fin, su tercer rescate


No es fácil explicar por qué gran parte de la opinión pública europea se ha lanzado a analizar la cuestión griega bajo el muy falso supuesto de que «el problema es político y no económico». Pero es muy fácil suponer que en la avanzadilla de este desbarre estéril están, en primer lugar, las múltiples fracciones de las viejas y descalabradas izquierdas europeas, que, al comprobar que sus programas y utopías solo se imprimen en color sepia, quieren hacernos creer que estamos ante la vieja controversia entre la solidaridad comunista y el canibalismo del mercado.

También forman parte de esta milonga las enormes masas de prescriptores y tertulianos que, procedentes de disciplinas como la historia, la psicología, la comunicación o el márketing, y dando a entender que la opinión no es más que un espectáculo melodramático, creen que la ciencia política no existe, y que la gestión de los Estados y de los grandes problemas transversales que angustian a la humanidad solo pueden afrontarse mediante análisis comparados o mediante el estudio de los amplios procesos sociales que superan los marcos políticos y geográficos. Y también están, como es obvio, los economistas académicos, que, atiborrados de teorías y de lecturas aceleradas de Krugman, y sin haber bajado nunca a la cancha a tocar balón, acaban creyendo que la flexibilidad de los sistemas es infinita, y que los Estados siguen siendo el único marco efectivo en el que la macroeconomía puede soportar el intervencionismo masivo.

Pero la verdad es que el debate político es, en este momento, casi marginal. Porque nadie tiene dudas de que Grecia sea Europa, o de que nuestra cultura es deudora de la Grecia clásica. Nadie duda, tampoco, de que la permanencia de Grecia en el euro es lo más deseable, o que la separación coyuntural de Grecia de los foros políticos de la UE generaría una sensación de fracaso histórico que es mejor evitar. Y ni siquiera queda nadie que se oponga a que el verdadero rescate de Grecia pase por una quita y una fuerte reestructuración de su deuda y por fuertes ayudas a la reconversión de su economía productiva y de su modelo fiscal.

Lo que en realidad se está discutiendo es si el próximo pago que se haga a Grecia, en forma de un simple rescate o de reestructuraciones y quitas de deuda, es el salvamento definitivo, o si estamos negociando un nuevo capítulo de una historia interminable, en la que toda Europa tenga que desembolsar pagos periódicos, cada vez más abrumadores y frecuentes, mientras Grecia sigue, como un Estado autista y casi fallido, lanzada hacia el abismo.

El problema, esta vez, no es político. Y si Alexis Tsipras sigue jugando al despiste, no debería obtener una respuesta satisfactoria al rescate que solicitó ayer. Porque no hay política más desastrosa que la del pan para hoy y hambre para mañana.

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