Don Erre que erre


Las elecciones primarias son peligrosísimas, casi tanto como jugar a la ruleta rusa. Uno se pasa media vida dando lecciones de democracia, imponiendo primarias hasta para elegir la merienda y cuando las convoca resulta que no sirven para nada porque es él mismo quien decide controlar no solo el proceso, sino también el resultado.

Esto es lo que le ha ocurrido a Pablo Iglesias, el líder de Podemos que, queriendo dar al mundo mundial un ejemplo de participación democrática, al final lo que está haciendo es ofrecer un ejercicio de control, mando, falta de diálogo y caudillaje. Porque ya son más de cinco mil los simpatizantes, a los que hay que unir setecientos cargos públicos, que le plantan cara y le piden una rectificación, sin que el telegénico líder muestre voluntad alguna de cambio.

Igual que aquel divertido Rodrigo de Quesada, personaje terco y contumaz que interpretaba Paco Martínez Soria en la película Don Erre que erre, Pablo Iglesias es de ideas fijas en su afán por lograr lo que se propone. Y se ha propuesto dirigir Podemos con la misma prepotencia y contundencia con la que llevan sus formaciones los de la casta a los que tanto criticó y tanto juego le dieron en sus aspiraciones. No ha dudado lo más mínimo el telegénico Iglesias en despreciar los llamamientos a otra forma de primarias apelando al respeto a la hoja de ruta trazada. Poco ha tardado el telegénico Iglesias en asumir los modos de la casta.

Con Pablo Iglesias vamos a ser mucho más exigentes que con cualquier otro líder político. Porque llegó para demostrar que otra forma de hacer política era posible. Por eso no puede encallar en sus decisiones cuando poco más hizo que echar a andar. ¿Qué diferencia hay entre el dedo de Aznar y que Iglesias y sus cortesanos decidan un candidato, amparados en unas primarias? Pues el telegénico Pablo, que tan bien se explica, debería aclararlo, porque de no hacerlo y de no rectificar vamos a pensar que viene siendo más o menos lo mismo con la diferencia de que uno señala con el índice y otro con el dedo medio.

Quien sin duda mejor entendió lo que es nuestra clase política fue el genial don Enrique Jardiel Poncela. «Los políticos son como los cines de barrio, primero te hacen entrar y después te cambian el programa», dijo el madrileño autor del teatro del absurdo.

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