T eníamos que ser previsores e ir preparando unos cientos de carteles con la inscripción «cerrado por cese de actividad». Y una vez que los tengamos listos, ir colocándolos por cada una de las explotaciones lácteas gallegas que viven sus últimos días por decisión de las industrias y con el beneplácito de las Administraciones, que asisten impávidas al desmantelamiento del sector como quien ve el paso de una estrella fugaz. No es necesario a estas alturas decir lo que supone el sector lácteo para Galicia. Ni lo que supuso, ni lo que va a ser su desaparición. Nos empeñamos en destrozar una de las riquezas de nuestro país y la verdad es que no lo estamos haciendo nada mal. Aquí radican el 40 % de las explotaciones españolas y el 55 % de los productores, y pese a los hachazos recibidos, el sector sobrevive aún a duras penas ofreciendo una calidad y unas técnicas de producción a la vanguardia mundial.
La situación de emergencia ha movido por primera vez a un grupo de alcaldes a convocar una reunión de todos los mandatarios municipales para analizar y encaminar las actuaciones que puedan evitar la anunciada muerte. No se trata de montar una rebelión, dicen los convocantes, sino de evitar la desaparición lenta del sector lácteo y con él, del campo gallego. Dinamizándolo y creando conciencia en la sociedad sobre su importante papel, entre otras actuaciones.
Y ante este paso, las Administraciones autonómica y central, que tanto velan por Galicia, tienen dos alternativas: sumarse al llamamiento en el que participarán alcaldes de todas las tendencias, o hacerse cargo de la impresión de los carteles de «cerrado por cese de actividad», porque en definitiva van a ser ellas, con su apatía e indolencia, las responsables de colocarlos.