Explicar a quien pregunta en una noche amable, contar a los curiosos contertulios que asistíamos en los sevillanos Reales Alcázares a la cena previa a la entrega de un premio literario no es fácil tarea. Estaban vivamente interesados en conocer lo que ha sucedido en A Coruña, Santiago y Ferrol en las pasadas elecciones. Contar mareas atlánticas, pleamares triunfantes, acotar el discurso de confusiones, improvisar sobre la marcha para que la duda no genere incertidumbres, no es cuestión baladí. Pero aún así lo intenté.
Tuve que perfilar primero una cartografía de «nosotros los gallegos», puntualizar que aparentemente vivo en Madrid, aunque nunca he salido de una idea certera que se llama Galicia, y que mi adscripción socialdemócrata no me permite mas ruedas de molinos que las mías propias.
Pese a todo hice un poco de pedagogía exhumando la arqueología política última de un movimiento genuinamente gallego que vinculó a las capas sociales más definidas en su compromiso político y que convocó a las élites activistas y a la parte mas dinámica de la sociedad universitaria en torno al movimiento transversal Nunca Máis que se convirtió en nuestra peculiar Puerta del Sol antes, mucho antes, de que se oteara en el horizonte el 15-M.
Pues de aquellos lodos, y nunca mejor dicho invirtiendo la popular frase, estos polvos. Recordé a mis ocasionales amigos que por entonces ejercía el poder desde un ministerio aznariano el señor de los hilillos, que no era otro que el presidente Rajoy.
Y ya estaba sembrada la semilla mientras pasaban los años, pocos, y se incrementaban las contradicciones y con los recortes y los primeros síntomas de un evidente austericidio, que provocó que germinara lo que se había previamente plantado.
No concebían que ese complicado estigma de sumisión que se impone en cuanto dejas atrás Pedrafita y que es un arraigado tópico cuando de los gallegos se trata; no concebían, digo, que hubiéramos quebrado la atávica dependencia conservadora al subir la marea. Ahora mismo es pleamar, pero conviene recordar que todo lo que sube baja, y que ya toca gobernar con tino, y que los experimentos conviene realizarlos siempre con gaseosa.
La gestión pública es complicada, y debe ser escasamente discursiva, ya no vale apelar a la gente como pretexto y la ciudadanía no es un colectivo homogéneo.
Los gestos son el caldo de cultivo de la demagogia, las camisas de cuadros hay que cubrirlas con americanas adecuadas, y la representación de A Coruña va más allá de los ocasionales guiños progresistas que envejecen mal.
Les conté, como ven, una milonga a mis ocasionales amigos. Seguramente estuve lejos de satisfacer su curiosidad, pero yo lo cuento tal cual pasó y me pude ahorrar comentarios, que evidentemente no vienen a cuento. Sevilla tuvo que ser?