Una joven marroquí se pone nerviosa en el paso fronterizo de Ceuta. Veinte mil personas cruzan cada día por ahí. Los agentes sospechan en seguida. Lleva una maleta pequeña y le piden que la pase por el escáner. No quiere. Otra vez la crudeza del tercer mundo. Las imágenes de ese escáner dieron la vuelta al mundo. Se veía que dentro de la maleta iba un niño. Un niño de ocho años. Cuando los agentes la abrieron, el niño saludó y dijo en francés: «Me llamo Abu». Este crío de Costa de Marfil intentaba reunirse con su padre, que tiene papeles y trabaja en Canarias desde el 2013. El padre había contactado con la joven marroquí para que cruzase a su hijo. El drama de la inmigración. Tenemos el Mediterráneo convertido en una fosa común. Y ahora un niño dentro de una maleta. Abu iba encogido, entre la ropa. Es imposible que sepamos desde nuestro primer mundo qué se siente. Peor le fue unos días antes a ese muchacho de 23 años que apareció muerto en un contenedor en el puerto de Melilla. Pretendía cruzar el estrecho en un barco. Pero no se dio cuenta de que se metía en el contenedor un jueves. El jueves antes del puente del primero de mayo. Y no hubo travesía. Y ahí se quedó, en un contenedor sellado, que fue su tumba, sin comida ni agua. Cuatro días. Una agonía de cuatro días. Lo peor de leer estas líneas es que estamos tan acostumbrados que en seguida las olvidamos. No parece que la salida esté en bombardear los barcos en los que quieren cruzar.