El modelo laboral de los «kitchen porters»

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

07 may 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Acabo de visitar en Bristol la tribu de los kitchen porters. Una etnia urbana, endogámica, integrada por jóvenes indígenas de España, Polonia, Portugal o Hungría, cuya identidad de origen se diluye por inmersión lingüística, la tabla rasa que impone la precariedad salvaje y la homogeneización de usos y costumbres. En cuanto superan los primeros balbuceos y el inglés brota con fluidez de sus gargantas, los miembros de la tribu se parecen entre sí como gotas de lluvia. Se hacinan en las destartaladas casas obreras de la revolución industrial: pagan no menos de 350 libras por una habitación, con derecho a compartir cocina y minúsculo patio anejo. Se mueven en bicicleta, adquieren comestibles en la tienda del pakistaní de la esquina y se juntan por la noche a escuchar música electrónica, rap o jazz en algún antro donde otros kitchen porters les sirven cerveza a precio asequible. Muchos llegaron al poblado con títulos universitarios en la mochila y sueñan, mientras desengrasan platos para el lavavajillas, con trabajar «en lo suyo». Y algunos, lo he comprobado, lo consiguen, se emancipan y se convierten en faros de esperanza para sus congéneres.

El diccionario traduce kitchen porter por ayudante de cocina. Se trata de un eufemismo: el kitchen porter equivale en realidad al criado para todo, el friegaplatos, el rey de la fregona y del estropajo en la hostelería británica. Además, yo utilizo el término en sentido más amplio. Pertenecen a la tribu todos aquellos, inmigrantes en su mayoría, que disfrutan de un contrato de «cero horas». Siempre disponibles, acuden al trabajo cuando los llama el patrón. Como las antiguas peonadas, sentadas a la sombra en espera del capataz que decide quién trabaja y quién no, pero más sofisticados tecnológicamente: pendientes del teléfono móvil. Si el smartphone suena, arreando al curro: siete libras por hora, unos peniques por encima del salario mínimo; si enmudece el aparato, cero horas y cero peniques. En un mes de ventura, el indígena ingresa 700 u 800 libras; en uno aciago, ni el alquiler de su cuarto. Mientras aquí decidíamos abaratar el despido, los ingleses ya habían resuelto brillantemente la cuestión: no se despide a nadie, simplemente no se le llama.

A diferencia de las tribus amazónicas, aniquiladas en nombre de la civilización, los kitchen porters se multiplican aceleradamente en nombre del neoliberalismo. En cuatro años se triplicó el número de contratos «cero horas». El paro cayó en picado y Bristol, con una tasa de paro inferior al 5 %, se acerca al pleno (sub)empleo. Cameron ya tiene un trofeo que exhibir en su campaña electoral. Y Rajoy lo mira con envidia.

El modelo laboral de los kitchen porters pronto llegará a España. Incluso perfeccionado: la hora se pagará a menos de siete libras, porque un ejército de parados tira los precios del trabajo por los suelos. Cuando llegue el nuevo sistema, Mariano Rajoy -o su sustituto- presumirá de haber reducido el paro. Y nadie será capaz de desmontar su argumento supremo: ¿acaso no es eso mejor que nada?