El tamaño sí que importa. Sobre todo en las campañas. Y, en este año de la grande bouffe electoral, vendría bien una campaña más corta. Ya hemos pasado por unas andaluzas, ahora unas municipales y muchas autonómicas, después unas catalanas y, al final de año, como postre de gala: el zafarrancho de las generales. A todo este aluvión hay que sumarle que, con la irrupción de dos nuevas marchas por la vía intravenosa de las encuestas, el panorama político está tan revuelto que, en realidad, ya llevamos votando desde antes de las Navidades. Hay que remontarse a la época de la primera transición hasta el 82 socialista del Palace, con todo lo que pasó, para encontrar una efervescencia similar. Las campañas sirven para clarificar mensajes. Pero, a estas alturas, ya sabemos todos que los programas suelen ser literatura fantástica. Y hoy, con las redes y las televisiones, las campañas son más que nunca un plató, frases, mensajes publicitarios. Se vota con la emoción. Y poco o nada añaden los mítines, a los que van sobre todo los de la claque de cada partido. El voto lleva mucho tiempo decidiéndose en las entrañas. Es la nueva política. No queremos analizar mensajes. Y, de forma lamentable, hace más un candidato bien aseado que no meta la pata que un trabajo serio. No sé si necesitamos quince intensos días de polución informativa sobre el voto. No sé si vendría mucho mejor pensar bien el voto, con un voto de silencio. En vez de quince días de campaña, lo que se debería poner en marcha esta semana son quince días de desintoxicación para llegar a la verdad, porque jugar, nos jugamos todo.