El Gobierno acaba de enviar a Bruselas un nuevo tomo de cuentos. Lo titula Actualización del Programa de Estabilidad 2015-2018, consta de 126 páginas y lo firma con el seudónimo Reino de España. Abre el volumen un relato optimista, destinado a ser leído desde los púlpitos electorales, que habla de un país donde la renta nacional crecerá un 3 % cada año y el empleo otro tanto. En ese país existen dificultades, claro está, porque de lo contrario no habría trama, pero el cuento tiene final feliz modelo Pretty Woman. Conviene advertir, no obstante, que toda la obra es de ficción. Nada que ver con la novela realista decimonónica. Pertenece al mismo género que el primer tomo de la serie, de abril del 2012, cuyas previsiones a lo Julio Verne quedaron pulverizadas por la segunda recesión. Moderen, pues, su euforia quienes se limiten a leer ese primer relato: tal vez aún no llegó el momento de descorchar el champán. Y tranquilícense también los proclives a la depresión: quizá las cosas tampoco sean tan negras como por lo bajinis confiesan De Guindos y Montoro.
Superadas las primeras páginas del libro, la literatura deviene inquietante. El segundo relato versa sobre un funambulista foráneo. La mitad del crecimiento profetizado -1,5 puntos sobre 3- depende de que el artista consiga mantener el equilibrio sobre la cuerda floja. Y nada podemos hacer nosotros, pobres españolitos, para evitar que una subida del petróleo por encima de los 62 euros por barril, una recuperación del valor del euro o la suspensión de las vitaminas que inyecta el BCE provoquen la caída y el equilibrista dé con sus huesos en el asfalto.
Hay una historia, protagonizada por los trabajadores con nómina, especialmente sombría. Los salarios permanecerán estancados, salvo que se considere mejoría una subida de dos décimas y un punto de incremento dentro de tres años. Probablemente los asalariados no merecen otra cosa porque la productividad, la piedra angular que sostiene el crecimiento, no se moverá un ápice. Ni mucho ni poco: cero patatero. Y si no crece la capacidad de cada trabajador de generar riqueza, que en eso consiste la productividad, ¿puede alguien explicarme de qué saco extraemos las ganancias de competitividad y cómo abrillantamos la marca España?
Otro de los relatos nos anuncia más impuestos y más recortes. Como en el cuento de Monterroso, el dinosaurio de la austeridad seguirá ahí al despertar de las elecciones. El gasto público pasará del 43,8 % del PIB en el 2013 al 38,4 % en el 2018. El peso del sistema nacional de salud disminuirá más del 13 %. La educación, un 10 %. Se reanuda el desguace del Estado del bienestar. En cuanto a los ingresos, la narración se entrecruza con una historia de misterio: el empleo crece un 3 %, los salarios se estancan, pero los ingresos por cotizaciones sociales aumentarán un 6,7 %. Hércules Poirot tendrá serias dificultades para resolver el enigma.
El libro no resulta gratificante en absoluto. Pero, afortunadamente, disponemos de un par de píldoras para hacerlo digerible. La certeza de saber que cualquier parecido con la realidad que se avecina será mera coincidencia. Y la esperanza de que las urnas nos proporcionen correctores de galeradas solventes.