Sobreproteger lleva a formar a incapaces. Superproteger conduce a que los niños y niñas de hoy no sepan cruzar la calle mañana. La madurez no se alcanza metidos en una urna de cristal. Muchos especialistas dicen que la escasez de población ha llevado al aumento de la protección. En sociedades superpobladas no se superprotege. Se sale adelante. Tampoco se trata de que todos criemos al buen salvaje en casa. Pero una amiga me comenta, con razón y corazón, que ya está bien de niños ya creciditos a los que su madre les sigue haciendo la cama y recogiendo la ropa de la habitación. Ya está bien de chavales que, amparados en unos padres que los medican por cualquier cosa, no desarrollan ni las defensas necesarias de su propio cuerpo. Los pediatras han denunciado el uso y abuso del ibuprofeno, por ejemplo. Ya está bien de críos que hacen lo que les da la gana y que terminan por someter a sus padres con el maldito síndrome del emperador. El nene ha pasado de rey de la casa a emperador absoluto. Y también los expertos dicen que decir no es fundamental para educar a alguien. No, no y no. Y las líneas rojas. No todo vale. Me dice esa amiga que los niños siempre salieron caros. Sacar adelante a un niño cuesta un riñón y parte del otro. Y añade que hoy en día son auténticas máquinas de gastar, a los que se les compra de todo, para no utilizar la mayoría de los artilugios que tienen. Así aprenden básicamente a no valorar nada. La infancia, como todo en la vida, tiene derechos y deberes.