Como Podemos es un estado de ánimo tanto como un partido político, le afectan mucho los estados de ánimo del país. Y como los estados de ánimo del país se expresan en los sondeos de opinión, la vitalidad de Podemos depende mucho de las encuestas. Las últimas lo empiezan a desinflar. La de Sondaxe le da presencia en los municipios gallegos, pero lejos de la victoria, y la difundida por la Cadena Ser a principios de semana lo relega al cuarto puesto por intención de voto en el conjunto de España. Con todas las cautelas, porque la demoscopia no es una ciencia exacta, parece que Podemos ha llegado a su techo en el corto plazo. Es posible que haya terminado el tiempo de la seducción y empieza el de la reflexión.
¿Por qué? Ayer se escuchó en un foro de debate del diario digital elconfidencial.com que Podemos pierde votos desde que inició el viraje hacia el centro. Si eso es cierto -y lo dicen expertos electorales de gran nivel-, Podemos tiene un futuro limitado: si se mantiene en una posición radical de ruptura con el «viejo régimen», asusta a una parte de su posible electorado, necesaria para alcanzar la mayoría; pero, si se acomoda a la realidad fáctica del país, desencanta a los seducidos por su oferta de cambio. De hecho, cuando Pablo Iglesias saludó al rey en Bruselas, muchos de esos seguidores lamentaron que no se uniera al desplante de otros eurodiputados de izquierda. Así de compleja es la conquista del cielo.
Pero este cronista sostiene que hay otras razones para el declive. La primera, el efecto negativo de los casos Errejón y Monedero. Sobre todo, el de Monedero, duramente castigado por los medios informativos más conservadores y tratado como si de verdad hubiera cometido un delito. Y algo peor: Juan Carlos Monedero abrió algo más que sospechas sobre las relaciones de Podemos con el régimen de Chávez y Maduro, rompió la imagen inmaculada de un partido no contaminado por los vicios de la casta y esas cosas se pagan. Se pagan más en la izquierda afanada en dar lecciones de ética que en la derecha.
Y la segunda, el discurso de sus líderes. Sufrió un deterioro muy rápido. Empezó a sonar como un discurso ya escuchado mucho antes de que empezaran a tocar poder. Fue muy brillante mientras las palabras sorprendían y sonaban a nuevas. Conectaban muy bien con la sociedad irritada por el paro, las injusticias y los escándalos de corrupción. Comenzaron a perder fuerza cuando hubo que transformarlas en ofertas de gobierno. Se desinflaron cuando se endulzaron las propuestas más rompedoras. Y no ayudaron los problemas que los griegos de Siryza le plantearon a Europa. Esas son, a mi juicio, las razones del declive. Suponiendo que exista, que no lo puedo asegurar.