Genocidio

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

Por mucho que los bárbaros se empeñen en quemar libros y en callar bocas, las palabras siguen pesando. Algunas más que las losas de las tumbas de los que las pronunciaron, de los que las escribieron. Verbalizar algo es atrapar con un cazamariposas aquello que flota en el ambiente. Es cribar el trigo. Es usar un espejo que a veces ofrece como reflejo el retrato de Dorian Gray.

A muchos alemanes todavía les cuesta hablar del pasado nazi. Independientemente de que lo hayan vivido o no. Algunos buscan romper ese tabú tácito. La serie Hijos del Tercer Reich relata la vida de cinco jóvenes alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, con los padecimientos que sufren y las atrocidades que cometen. El título con el que se estrenó en España no le hace honor al original. Unsere Mütter, unsere Väter. Nuestras madres, nuestros padres. Son cuatro palabras también. Pero estas contienen la esencia amarga de la cuestión. Son un chorro de agua fría sobre los soñolientos.

El papa Francisco se refirió como genocidio a las matanzas y persecuciones que sufrió el pueblo armenio en Turquía durante la Primera Guerra Mundial, hace cien años. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, hombre con palacio e ínfulas de sultán, dijo que «cuando los religiosos hacen de historiadores, dicen estupideces». Curiosa respuesta de alguien que proclama que «el islam define el lugar de la mujer: la maternidad». A Erdogan le duele una palabra que su país ha esquivado durante décadas: genocidio.

La sangre sigue llegando al río en el que Europa se moja los pies. ¿Cómo definirán en el futuro los jefes de Estado lo que sucede en Siria? ¿Lo que ocurre en Nigeria? ¿La tragedia que desemboca en Lampedusa? Quizás también haya que escarbar en el diccionario para no ofender a nadie.