La pitada inevitable al himno y la bandera


Con la publicidad que le están haciendo a la ya tradicional pitada, con el Barça y el Athletic en la cancha, y con el rey en la tribuna del Camp Nou, no tengo ninguna duda de que en la final de la Copa del Rey se va a batir el récord mundial -que el pueblo español ya ostenta- de pitada soez al himno y la bandera. Y en Shanghái, dicen, se están fabricando 100.000 vuvuzelas y 120.000 chifros para potenciar el jolgorio. Pero la cosa no acaba ahí, porque detrás de la pitada vendrá el no menos tradicional abucheo al rey, que dará paso a una plaga de tertulias en las que reputados constitucionalistas como Belén Esteban, Jorge Javier, Mila Ximénez, Kiko Matamoros, Pedrerol, Roncero, Elisa Beni, el padre Apeles y Elpidio J. Silva van a establecer a grito pelado si es lícito pitar los símbolos de la patria, o si, en el supuesto contrario, tendríamos que desalojar el estadio, y procesar, por prevaricación indirecta, a Artur Mas, Miguel Bosé y el cardenal Rouco.

La pitada la veo inevitable porque los mil programas dedicados a prevenirla e investigar sus causas ya la han convocado y armado. Y el tumulto me parece legal porque, con el vigente concepto de libertad de expresión, y tras la abolición de las reglas de buen gusto y educación pública, no queda ninguna ley o costumbre que pueda frenar esta anual defensa de la libertad y la república.

Cuando yo era un chaval no había tal problema. Y no por lo que ustedes creen, sino porque todos estábamos instruidos en que el respeto social cuenta mucho en la convivencia de los pueblos. Cualquier universitario sabía que no podía salir a la tarima con visera de rapero y un pantalón caído que enseña medio culo. Cualquier niño era consciente de que si decía «mierda» o «joder», como Bruce Willis, su tía Herminia le lavaba la boca con jabón Lagarto. Los carreteros y los canteros, que blasfemaban de oficio, no se atrevían a hacerlo delante de señoras y niños. Nadie levantaba la voz mientras pasaba el entierro de un vecino o el Jesús del Gran Poder. Y todos salían a barrer los caminos, sin que nadie lo impusiera, el día de la boda de Florita, para que entrase en la iglesia sin manchar su traje blanco. Y en ese ambiente tan culto y tan normal, en el que la educación y el buen gusto imponían o vetaban ciertas cosas, a nadie se le ocurría pitar una bandera o un himno, ni de España ni de Rusia.

Pero ahora mandan Charlie Hebdo y los artistas provocadores. Y si la educación y el buen gusto no pueden proteger ni a Dios, ni a Mahoma, ni al rey, tampoco van a proteger una tela de colores y una charanga patriótica. Así que, ¡que piten! Y si a alguien se le ocurre desalojar el estadio, prometo salir a protestar, comme il faut, con un cartelito que diga: «Je suis un piteur du Camp Nou». Porque la libertad de hoy solo se puede hacer patente con la mala educación.

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