Es necesario aprender a morir


Mientras un Airbus 320 de Germanwings se estrellaba en los Alpes, causando la muerte a 150 personas, un obrero de Navantia moría en Ferrol aplastado por un hierro, y dos marineros de Laxe se ahogaban faenando. En este mismo momento hay niños que agonizan por cáncer, madres que se encaminan hacia la muerte en la flor de la vida, y personas muy mayores que están agotando los últimos días de una vida que fue regalo generoso pero en modo alguno perpetuo. La tragedia es la misma e igual de inabarcable, salvo que midamos el dolor por kilos de carne muerta, o que creamos que una persona es, en palabras de Arthur Koestler, «un millón de personas partido por un millón». Por eso no se entiende que en nuestras sociedades tan modernas e igualitarias apliquemos distintas varas de medir a la tragedia del marinero ahogado o del operario aplastado y a los que murieron en el supuesto más típico de la vida moderna.

La muerte de cada uno de los viajeros del Airbus 320 no es más tragedia que cualquier otra muerte. Y la muerte de todas esas personas juntas no es más que el resultado de una serie de factores físicos que, como diría Stephen Hawking, se pueden explicar perfectamente, sin necesidad de dioses, poetas, psicólogos y primeros ministros. Y por eso creo que el espectáculo mediático de estos días tiene mucho de sobreactuación, que, además de ofender a los miles de dramas que ocurren a diario, nos impide ver que una pena de muerte es una desgracia mucho más sobrecogedora e inexplicable que el choque de un avión contra los penedos alpinos.

En la vida moderna, que con tanta soberbia creemos dominar y conocer, en la que hemos prescindido de las explicaciones míticas o religiosas del ciclo de la vida, no sabemos morir. Y por eso sucede que, cada vez que tenemos que enfrentarnos a la muerte propia de la civilización, decimos y hacemos muchas y muy grandes tonterías. Mientras vamos de yuppies, y estamos sanos, creemos a pies juntillas en el Big Bang, en la física y en la química, y en el origen espontáneo del universo y de la vida. Pero cuando nos damos de bruces contra un penedo necesitamos recuperar un anaquiño de trascendencia -para nuestros familiares, porque lo del vecino lo explicamos con las leyes de la gravedad y la inercia-, y, mientras prometemos la memoria eterna que no podremos cumplir, empezamos a encender velas, inflar globitos y colgar peluches en las alambradas.

Los medievales y los aldeanos -yo conservo algo de ambas cosas- sabemos morir mejor, tenemos explicaciones más eficientes, y no montamos shows mediáticos tan impresionantes como efímeros. Porque, aplicando el principio «sicut vita ita mors», sabemos que si la vida es casualidad y química, la muerte solo puede ser exactamente eso, una trapallada que ocurre en cualquier momento y por puñetera casualidad. ¡Una miseria!

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