Miedo a volar


El miedo a volar es tan absurdo como cualquier otro temor. Ya está escrito que nada tiene tantos ojos como el miedo. No hay billete de vuelta seguro en ningún viaje. Tampoco en quedarse quieto. Las muertes por accidentes domésticos están en las estadísticas. Y es que vivir no tiene nunca garantías ni plazos. La cuerda de una vida se corta en un segundo. Y no hay mapa de carreteras ni de nubes para durar más. Sobrevolé el Himalaya, pero no abrí los ojos a tiempo. La escritora Amelié Nothomb sí lo hizo y lo describe como un experiencia mística. Por las dimensiones de las montañas. Por el reflejo de la luz en el espejo de la nieve. Sobrevolé los Alpes y sí pude ver esos gigantes blancos como moles de silencio. Sentí estupor y temblor, mientras veía abajo esos picos como lanzas en astillero, pero prestas a la amenaza. La naturaleza inmensa nos deja siempre en lo que somos: poca cosa. Que le toque a uno o a otro no es una celada del destino. Es el destino. O la suerte. ¿Quién calcula el largo de la tirada de unos dados? Pero el dolor de los que han perdido a alguien de golpe es insoportable. Y son ellos los que se merecen todas las explicaciones, no una cáfila de disculpas. Sobre las condiciones del avión. Sobre el tiempo. Algo a lo que agarrarse para no llorar tan solos. Las lágrimas lavan la pena. Y poco más. Lo mejor es apoyarse en el fuego lento del cariño de los que te quieren y no permitir que marchen nunca del todo, gracias a las brasas del recuerdo. Perdidos ellos, ganar su memoria.

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