Los partidos andan ya en la disputa por el voto de los ciudadanos. La primera cita es Andalucía, un test, si no definitivo, revelador de lo que pueda suceder en las siguientes elecciones municipales y autonómicas y, sobre todo, preocupante respecto de las generales. La presencia de dos nuevas formaciones que, según las encuestas, tienen expectativas de ser determinantes en la formación de gobiernos, incrementa la importancia de esa disputa. Una circunstancia nueva que requiere atinar en el mensaje y en el modo en que se comunica. Podemos y Ciudadanos lo tienen más fácil. No tienen pasado. No tienen que rendir cuentas. En ellos, lo secundario es el programa. Basta con enarbolar desde el desencanto social la necesidad imperiosa de revisar el sistema democrático en el que estamos viviendo desde el consenso constituyente o la regeneración demandada por una corrupción que, en principio, no les salpica. Del futuro no se responde. De cara a las siguientes elecciones Andalucía puede ilustrar acerca de con quien está dispuesto a pactar el PSOE para gobernar, en el caso de que la votación le obligue a ello. La opción por Podemos supondría asumir una alternativa con posiciones opuestas en cuestiones fundamentales y un deslizamiento del PSOE hacia la radicalidad que, a su vez, radicalizaría el enfrentamiento electoral hasta extremos nunca vistos en este largo periodo democrático. Nos encontramos ante una situación nueva en la que han perdido eficacia medios habituales de comunicar el mensaje de los partidos. Se habla a los militantes más que a los ciudadanos, algo que ocurre también en las intervenciones en el Congreso. Obedecen a necesidades internas. En el caso del PSOE, hacer patente la unidad; en el PP, mostrar la fuerza del poder con el arribo de Ministros y Barones. Más importancia tienen los debates televisivos en donde los candidatos, aunque estén asesorados, tienen que dar la cara sin intermediación alguna. Trascendiendo la elección andaluza, el escenario actual va a influir en la recepción de los mensajes de los partidos consolidados. El cambio, que el PSOE como opositor está obligado a postular, se encuentra mermado por el más fuerte que proclama Podemos. El mensaje de fondo del PP sobre la estabilidad, la seguridad frente a lo desconocido, concretado en maridajes parlamentarios insólitos, tiene fuerza y también limitaciones, entre otras, generacionales. No es que muchos de esos ciudadanos no hayan votado la Constitución, ni calibren lo que ha tenido de positivo. Les basta con tener en cuenta lo insatisfactorio del presente. Rebotan los mensajes sobre lo que se ha hecho para enderezar la economía desde una situación extrema. La disputa por el voto ha llevado a ataques y descalificaciones de quien quizá mañana se pida su apoyo. Decir que no se vote a Ciudadanos en Andalucía, calificándolo de Partido catalán, ha sido más que una torpeza. Al final, los ciudadanos nos encontraremos abocados a votar en contra de lo que no queremos.