Para qué vale un ministro


Esa cosita llamada poder lleva provocando disgustos a la humanidad desde que los primeros neandertales se liaron a piñas en la sima de los huesos de Atapuerca hace 500.000 años, así que sería de boba despreciar ese ardor guerrero que comparten el político y el contable que pelotea hasta la baba a un jefe incapaz con tal de ascender dos casillas.

Alguna clave química tiene que explicar la arrogancia que secretan muchos individuos en cuanto empiezan a mandar. Necesitamos una justificación hormonal para ese rictus que comparten el presidente de la comunidad, la directora de un discreto colegio de barrio y el secretario de un influyente consejo de administración.

Da igual el territorio comprometido en la refriega, cada uno de ellos entenderá su autoridad como una misión y es probable que a veces esa pulsión los aboque al más lamentable de los ridículos.

Angustia un poco imaginar qué trances hay que superar para convertirse en ministro, cuáles son las reglas en esa jungla que es la política y que hoy sus sacerdotes desprecian porque al parecer es poco lucrativa aunque las navajas por los puestos siguen blandiéndose con el mismo vigor de siempre. Por eso es tan simbólica la decisión del consejo del viernes, ese en el que Rajoy y su tribu arrojaron la última piedra sobre el cadáver de Gallardón con la misma convicción firme con la que durante tres años apoyaron su fundamentalismo. El PP ha empezado a hacerse oposición a sí mismo en esta galaxia electoral del 2015 y ahora la herencia de la que reniegan no es la del superficial Zapatero, sino la de un ministro recastado que no supo ver que el poder le daba la vuelta al disco.

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