1982


Esto ya lo hemos vivido, sucedió hace treinta y tres años. Desde la muerte de Franco, a finales de 1975, hasta las elecciones legislativas de 1982, habían pasado siete años y en España continuaban gobernando los políticos de la dictadura. La transformación de la naturaleza del Estado exigía su salida del poder; Adolfo Suárez había sido gobernador civil de Franco cuando otros eran demócratas. UCD se transformó en partido y el democristiano PDP de Oscar Alzaga abandonó la disciplina centrista, concurriendo en coalición con la Alianza Popular de Manuel Fraga Iribarne en las elecciones legislativas de 1982. Entre el CDS del expresidente Suárez y la UCD de Landelino Lavilla conservaron un tercio de estos electores, el PSOE se hizo con tres de cada diez y otros tantos la coalición AP-PDP. Lo que sucedió entonces es que había finalizado la transición política, estábamos en la democracia y ese electorado se disgregó. Lo que significa que los factores aglutinantes, que eran la prudencia, el temor, la paz social o la neutralidad, se disiparon, y estos electores centrales pudieron finalmente declararse de izquierdas o de derechas. Desde esas elecciones de 1982 y hasta el año 1992 se desarrolló un período hegemónico del PSOE, luego el bipartidismo (1992-2010), el lapso hegemónico del PP (2010-2012) y el ciclo pluripartidista actual.

Han pasado treinta y tres años desde aquellas elecciones de 1982 y está sucediendo algo parecido, aunque el régimen que termina implique la crisis de dos partidos, y no de uno. Se disipó la confianza en la clase política convencional, pero no hicieron nada y el aprecio de muchos se transformó en desprecio. Por resumirlo, tres de cada diez votantes del PSOE del año 2011 ahora son de Podemos, uno se abstiene y otro se dispersa: los socialistas han perdido a la mitad de los siete millones de personas que votaron a Rubalcaba. Y en el PP sucede lo mismo, porque les quedan seis de cada diez de sus votantes del año 2011. Uno ya es de Ciudadanos o UPyD, casi otro votará a Pablo Iglesias, un tercero se abstiene y el cuarto se ha dispersado. En ambos casos, se trata de sus votantes más jóvenes, y abandonan el bipartidismo con la misma naturalidad que otros abandonaron la UCD.

Lo que finaliza es un orden, el de 1978, una ética de lo público y una cultura política, que es predemocrática en muchas de sus manifestaciones, como, por ejemplo, permanecer sin prestigio en un cargo de representación pública; del otro lado de los Pirineos se dimite. Es un ejemplo.

El PP ya solo organiza a la parte más antigua de la sociedad (CIS), y es por esto que Albert Rivera y Ciudadanos emergerán como su alternativa y sin pedir permiso a UPyD, incapaz de comprender que quien no tiene Cataluña, no es nadie en España. Sucederá como en 1982: tan pronto se vote, habrán terminado el orden electoral que conocemos, y con él, el posfranquismo y el primer tomo de la historia de España: desde que existe hasta Juan Carlos I. Pero esto no es un ningún drama, sino todo lo contrario.

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