Pobres y esclavos

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

La pobreza de los países moderadamente ricos como España es una plaga que se va extendiendo como un vertido de aceite, como la procesionaria en los árboles de los bosques, e imparablemente nos contamina sin excepción en el corazón de una crisis que va a ser muy difícil de superar, de cauterizar las heridas abiertas de un bienestar apenas iniciado. España ha sido durante una década un espejismo, pero el azogue se esfumó en los espejos en los que nos mirábamos.

Y ese país se fue empobreciendo mientras crecía de forma alarmante la deuda pública y la privada. Fue en esta semana cuando la nueva alerta del informe anual sobre la pobreza constató que hay trece millones de personas, uno de cada cuatro, en riesgo de pobreza y de exclusión, un 27 por ciento de los ciudadanos, que en Castilla-La Mancha, Extremadura y Andalucía, algo más de la mitad del territorio, ascienden a un cuarenta y siete por ciento.

No son claramente pobres de pedir, son pobres por no pedir, por no exigir lo que habían conquistado. Son personas que en su mayoría no llegan a fin de mes, muchos tienen todavía trabajo (12 por ciento), pero han visto cómo en este último lustro se ha precarizado a la vez que disminuían notablemente sus salarios.

Hay un paisaje económico que bordea la emergencia, hay un componente de impotencia paralizante y de sufrimiento y resignación muy difícil de entender. Hemos vuelto a ser pobres como solíamos. No son mendigos ni indigentes, solo víctimas de una codicia insolente que como un huracanado viento está asolando las bases de un crecimiento anunciado y ahora imprevisto. No está y no sé bien si se le espera.

Quienes son mendigos e indigentes son los chabolistas realquilados, personas derrotadas al final del camino que buscan cobijo en chabolas y chamizos a cambio de pequeños trabajos y una parte de su exigua pensión, como está sucediendo en poblados de A Coruña y que este diario ha denunciado para escándalo de nuestras conciencias pequeñoburguesas.

Son los nuevos esclavos del siglo XXI, expulsados de la civilización del consumo, gentes que no pueden mirar el horizonte porque para ellos ya no existe, son muchos de ellos viejos, personas mayores, para quienes el futuro es una palabra que no viene en el diccionario, son la famélica legión de desheredados.

Ni el Estado, ni la sociedad pueden permitir que estén vigentes estos comportamientos que, sin ser un delito penal, son un infame delito civil.

Somos cada día más pobres desde una lectura colectiva de la riqueza necesaria, suficiente. Y hemos aprendido que ya no existen túneles y que es rigurosamente falso que se pueda ver la luz al llegar al final.